La ocupación del poder

| JOSÉ LUIS MEILÁN GIL |

OPINIÓN

M. H. LEÓN

17 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EL ÉXITO en las urnas dispone para gobernar a quienes estaban en la oposición. Es lo que ha sucedido en las pasadas elecciones generales. Se ha producido la alternancia, característica de un sistema democrático. Rodríguez Zapatero es el nuevo presidente. En el Parlamento ha sonado la música de los talantes, del diálogo y de sublimes palabras como humildad, amor al bien, que se unen a otras pronunciadas por el entonces candidato de austeridad y prudencia. Es difícil no estar de acuerdo con ellas. Constituirán una excelente guía para constatar su real vigencia. Como también la promesa de gobernar para todos y escuchar a la sociedad. Esas manifestaciones encuentran explicación en el no respaldo con una mayoría absoluta de los votantes. También la singular deriva del tramo final de la campaña electoral. En alguna medida, aun contando con el trabajo del candidato, éste se ha encontrado con el poder. Me viene al recuerdo lo que cuenta Azaña en sus memorias correspondientes al 15 de julio de 1931. Habían comido todos los ministros en El Pardo, en la Zarzuela. En un silencio, después de bromas, Prieto dijo: «Pues, con todo, somos el Gobierno de España». Esa es la realidad. Resulta humanamente comprensible que el acceso al poder produzca satisfacción, aunque la circunstancia aconseje que no parezca desproporcionada. Quizá no haya respondido a esa imagen la rapidez de tantos enunciados nombramientos antes de ser investido presidente. Quizá hayan existido demasiadas sonrisas y se haya generado la impresión de una cierta prisa por llegar al poder. De las declaraciones positivas realizadas en el Congreso de los Diputados me parece destacable la de no partir de cero. Se llega a la presidencia por un procedimiento democrático, no por un movimiento revolucionario o un golpe de Estado. La madurez democrática, que ha permitido la alternancia de partidos, exime de la bisoñez de poner en cuestión todo lo que se haya hecho anteriormente. El cambio -incluido el talante- no tendría sentido sin un punto de referencia. Contribuiría a mejorar la calidad de la democracia no practicar hasta sus últimas consecuencias el sistema del «despojo», identificar la victoria como un botín a repartir entre los partidarios. Es especialmente importante en aquellos entes que, por sus funciones, deben ser realmente independientes de todo poder ejecutivo. Por lo que se refiere a los funcionarios su imparcialidad está garantizada constitucionalmente, como servidores públicos que son, aunque al Gobierno corresponde la dirección de la Administración civil y militar. La discriminación -no sólo de sexo- incluido el sectarismo, está proscrita por la Constitución. Esperemos que no desafine el concierto anunciado. Algún gesto simbólico como la incorporación de los ex-presidentes del Gobierno al Consejo de Estado está en la buena dirección de superar antagonismos. El gobierno implica ejercicio de poder. Es servicio, no dominio. No debe ser concebido como ocupación de un espacio conquistado. Tampoco como la imposición de dogmas, aunque sean laicistas, que dividan profundamente a la sociedad, más allá de las razonables discrepancias que produce el pluralismo. En este momento de nuestra historia colectiva parece muy necesario evitar esas imágenes bélicas. No volver a las «dos Españas».