Soy un colifato

| RAMÓN CHAO |

OPINIÓN

BOUZA

29 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

«AFORTUNADAMENTE existen los manicomios -decía el brasileiro Machado de Asís-: así podemos distinguir a quien está loco del que no lo está». Perdonen si ya cité esta frase anteriormente, pero el paso de los años conlleva repetición y olvido, más todavía que el síndrome de un tal señor Alseimer cuya ortografía se me desvanece poco a poco. Desde hace unos veinte años me desazona la frase de Machado de Asís, y ojalá me la hubiese aprendido de niño. De aquélla estaba convencido de la demostración que hacían dos pacíficos locos deambulantes de mi pueblo, uno llamado Pumariño, quien se intruducía el índice en el culo, husmeaba y razonaba: «¡Locos, locos!, ¡lo que estamos es podridos!». Lo cual, oigan, da mucho qué pensar. El otro alienado o enfermo mental (no utilizábamos estos términos políticamente correctos y seguiré empleando los que aprendí en mi infancia) se llamaba Modesto y era el único cartero de Vilalba. A los niños nos quería una barbaridad. Siempre le gastábamos la misma bromita. Al verlo llegar cazábamos un puñado de moscas y se las metíamos en un vaso de vino. «Engurrar as pernas, ides pasar por un túnel» , les decía a los dípteros cuando lo invitábamos a beber (lo de dípteros lo busqué en un diccionario). Recientemente, meses, me coloqué al lado de los locos, lugar donde siempre estuve sin saberlo. Hace unos diez años, en Cambio 16 , a mi hijo Manu le preguntaron qué pensaría su padre de su forma de vida. Manu me dedicó este admirativo elogio: «¿Mi padre?: ¡pero si está más loco que yo!». Ahora lo asumo sin vergüenza, tras haber conocido, en Barcelona, a los muchachos de la Colifata. Se trata de un grupo latinoamericano formado por músicos callejeros a quienes se les ha prohibido ejercer en las Ramblas y aledaños. Manu tocó con ellos y realizó un disco que les recomiendo. No está distribuido en los circuitos comerciales. Se precisa ir a Barcelona o a Buenos Aires a comprarlo El beneficio está destinado a los músicos para compensar las consecuencias de la decisión municipal. Todo proviene de Buenos Aires. Ya saben ustedes que Argentina es el país del planeta con más psicoanalistas por metro cuadrado, hasta el punto que a una de las zonas de la capital se le conoce por el barrio Segismundo Freud. Hay allí un asilo psiquiátrico (manicomio) llamado El Borda donde a uno de sus curadores, Alfredo Oliviera, se le ocurrió crear una radio con fines terapéuticos. Hablan los locos, presentan los informativos que redactan ellos, cantan y montan tertulias menos confusas que las que se escuchan a menudo aquí. Y como los argentinos piensan que viven en un país de locos, millones de ellos disfrutan semanalmente con Radio Colifata. El Iñaki Gabilondo de la Colifata es Garcés. Alto, filiforme, desdentado, metido siempre en un gabán demasiado amplio: «Estoy loco -dice-, y soy fabulador, esquizofrénico, paranoico, lo cual no significa que sea tonto». «La locura -explica Oliveira-, nunca es razonable, pero puede ser racional. Algunos locos quieren curarse, y otros seguir como están». Eso es lo que me pasa a mí, el segundo caso. Y como fiel lector del Quijote aprendí una lección. Cervantes concluye su novela diciendo que Alonso Quijano «vivió loco y murió cuerdo». Discrepo con el Ilustre Manco: Don Quijote murió porque se volvió cuerdo. Por si acaso, he decidido proponer mis servicios a Radio Colifata para ser su corresponsal en París. Y demostrar que Machado de Asís tenía razón: hay locos recluidos y otros que andamos sueltos.