HOY ESTRENAMOS esa Europa de los veinticinco que es un tramo más de un proceso con sus expectativas, sus contradicciones, acuerdos y desacuerdos propios de cualquier cambio. Estamos en el siglo XXI y las transformaciones en el ámbito de la vida pública o privada resultan tan acelerados que es fácil dejarse llevar por la extrema velocidad sin saber hacia dónde vamos ni por qué. La frase presuntamente mágica que dice que basta con vivir el presente, ese abrakadabra vaciado de su profundidad antigua e inicial que tan rentable resulta a las agencias de publicidad de coches o refrescos, no propicia el cultivo de la memoria histórica, antes bien la borra o la convierte en una superproducción cinematográfica conducida por Spielberg siempre al servicio del capital judío asentado en EE. UU. Nada que recriminarles: están en su pleno derecho de reavivar su historia con los mejores y más sofisticados medios de propaganda a su alcance. Sólo un apunte que considero importante si lo que se pretende es completar el cuadro de la memoria: ni vivir el presente significa el olvido del pasado, puesto que uno es resultado del otro, ni a mayor poder económico corresponde mejor abono para el cultivo de la historia. Sólo en el siglo XX, Europa tiene en su haber muchas guerras, algunas recientes, otras cuyos supervivientes todavía están aquí para recordarnos que no nos confiemos demasiado a ese mundo feliz de dinero plastificado y operaciones triunfo. Yo les vi el pasado jueves en Barcelona, en la presentación de un libro y un documental del mismo título: El sueño robado , de dos jóvenes y extraordinarios realizadores, Jaume y Daniel Serra, que fueron a buscar a los protagonistas de nuestra historia y los paisajes que todavía pueden dar fe de su vivencia, que no es otra que los campos de concentración que las autoridades francesas improvisaron para esa larga marcha de vencidos españoles cuando las tropas del dictador Franco se hicieron con el poder. Conocí a estos dos realizadores cuando hace un año vinieron a entrevistarme para otro documental en el que se daba fe de quién fue Carmen Polo de Franco, esa turbia mujer cuyo carácter casaba a la perfección con las ambiciones del sanguinario dictador. No estaría de más que la catedrática Caffarel y mi amigo Juan Menor pensaran que son documentales imprescindible para ser emitidos en una nueva TVE.