ERA UNA MAÑANA de un domingo cualquiera. El amarillo de los tojos cubría los alomados promontorios de oscuros esquistos, dando al paisaje la luz que el roquedo le negaba. Los cabos rotos en jirones de roca por un mar embravecido de amplias y profundas olas. La antigua casa del farero estaba en obras para albergar un centro de interpretación de una naturaleza marina que había sido declarada monumento natural. Todo era bello desde el faro de Mera, incluso el amasijo de cemento de la península coruñesa, con la Torre de Hércules en la proa. Era un escenario más de ese Golfo Ártabro que en otros artículos elogié. Pero con el sol del mediodía, la armonía del paisaje se había roto. El impacto visual del puerto exterior ferrolano había destruido la hasta hace poco natural bocana. Confío en que la regeneración ambiental y paisajística de la zona afectada devuelva la costa a una situación aceptable desde el punto de vista ambiental y paisajístico. Con esta esperanza me evado de las visiones ferrolanas y abro las páginas del periódico en una pequeña pelea con el viento. Al poco de empezar me encuentro con otra noticia: la autoridad portuaria ferrolana solicita la instalación de un parque eólico en el entorno del puerto exterior, ¿Les parecerá poco el impacto visual generado? Tras leer esa noticia y después de hacer un viaje imaginario por la costa de las Rías Altas (las Baixas se han librado), viene a mi mente la perspectiva de la costa da Morte y de A Capelada con sus promontorios litorales, con sus cabos emblemáticos, coronados por los blancos molinos de viento. Pienso en la belleza de nuestra costa, de nuestras rías, tan mal tratadas por ese incontrolado crecimiento urbano y por la laxitud de las licencias edificatorias, por esa suma de factores que han hecho de nuestro litoral una ruta del feísmo antrópico en contraste con la armonía que la naturaleza nos legó. Nuestras rías son un hecho geográfico diferencial que nos singulariza en todo el litoral europeo, aunque existan otras costas de rías, porque una particular combinación de factores han contribuido a formar un paisaje excepcional. Un paisaje que debía ser nuestro principal reclamo turístico. Y que en la realidad lo es, aunque la promoción vaya por otros caminos. En su origen, dice una tradición, que el Creador apoyó la mano para descansar y así surgieron las rías. No sé si ahora hubiera podido apoyarse sin pincharse. Recordé un día en Suiza; me contaban que allí cuando uno quiere pintar su casa, se consulta a sus vecinos para saber si están de acuerdo con el color, porque al fin son ellos los que van a tener que soportarlo cada día. Sea o no así, podría serlo. Ahora que es tiempo de diálogo y participación algo podría hacerse. Desde San Adrián, en Malpica, al cabo Prior en Ferrol, el gran arco ártabro no debe resistir más impactos ambientales. La nueva decisión ferrolana afectaría visualmente a cerca de seiscientos mil gallegos que nos asomamos al mar ártaba. Tal vez también las aves marinas deberían opinar, pero como eso no es posible, podemos hacerlo nosotros por ellas. Y no es que no se puedan construir nuevas infraestructuras; tan sólo se trata de buscar emplazamientos adecuados y de reducir sus impactos. No olvidemos que si la energía eólica es renovable, el paisaje destruido no lo es. Aunque mirándolo bien tal vez algún día podamos promocionar con éxito nuestro litoral como la costa eólica. Con todo yo seguiré optando por conservar la calidad paisajística de nuestras rías tanto como sea posible, aun cuando los que así pensamos seamos considerados como los nuevos quijotes y nuestras ideas se las lleve el mismo viento que moverá los molinos.