YA HA PASADO la fase reivindicativa del Plan Galicia. Un proyecto político que antes casi todos juzgaban insuficiente y que ahora los mismos que así lo juzgaban consideran imprescindible. La razón descansa en la desconfianza acerca del mantenimiento de las promesas de inversión por el nuevo Gobierno de España. Por aquello de que vale más pájaro en mano que ciento volando o de las rogativas a Lourdes para que nos dejen como estábamos. Son dichos populares que también se aplican aquí, pero en este caso referidos a autovías, trenes de alta velocidad y puertos. Sin embargo, según dicen las encuestas, la mayoría de los gallegos siguen dudando que todos los proyectos se cumplan en su totalidad, aunque los políticos imbuidos por el nuevo talante -tan necesario, por otra parte- muestren su conformidad. Yo también dudo. Más aun, con un criterio de realismo y rentabilidad, nunca comprendí la necesidad o el carácter prioritario de algunas propuestas. Basta con aplicar sucintamente el análisis coste-beneficio; es decir, si el coste que genera se ve compensado por el beneficio que aporta o viceversa. Por ejemplo, el caso de la proyectada autovía Santiago-Lugo. Bastaría con enlazar la autovía de Lavacolla con la del Noroeste para conectar las dos ciudades por autovía y como valor añadido la conexión de Santiago con la Transcantábrica. Sería menos gasto y menor impacto ambiental y paisajístico. Tampoco entiendo la necesidad de unir Pontevedra con A Cañiza por autovía atravesando la Terra de Montes. Podría seguir con la relación, ampliándola a la conexión Chantada-Monforte o a la posible duplicación de vías de alta capacidad entre Lugo y Ourense. Pero hay otra cosa que tampoco entiendo. Me cuesta comprender cómo a estas alturas no se proyecta una vía de alta capacidad a lo largo del eje atlántico, es decir, entre A Coruña y Vigo. Ahora sólo hay dos opciones, una autopista de peaje de difícil y peligroso trazado en algunos tramos, y con otros que hacen de circunvalación urbana libre de peaje, o una carretera general saturada. La autopista resulta ya excesivamente cara para tantos ciudadanos que circulan por ella día a día por necesidades laborales. La carretera es una carrera de obstáculos, con múltiples travesías de pueblos, de periferias urbanas, de un continuo edificado que la convierte en una calle. Y lo peor es, además de la lentitud, la elevada peligrosidad. Se están construyendo algunas variantes, como en Ordes y Caldas, pero no son suficientes para resolver el problema, ya que realmente haría falta una variante de todo el recorrido, es decir, una nueva autovía. No entro ahora en si debería haberse rescatado la concesión del peaje cuando fue posible, ni las razones que hubo para no hacerlo, y menos en los intereses en juego. A lo mejor tampoco había que hacerlo, porque mantener una autopista descongestionada para los viajes que primen el ahorro de tiempo sobre el coste es una buena opción. Pero la única alternativa no puede seguir siendo una carretera, mientras las conexiones entre las demás ciudades, de mucho menor tráfico, se proyectan mediante autovías. Y precisamente en la franja donde vivimos el 60% o más de los gallegos y en donde se genera el 70% de la actividad económica o más, no tenemos otra alternativa que el pago del peaje o una carretera peligrosa, lenta y colapsada. No comprendo tampoco esto. ¿No faltará una autovía en el Plan Galicia? A no ser que sea más importante asegurar la rentabilidad de una concesión ya amortizada que atender el bien común de la mayoría de los gallegos, y también de la mayor parte de nuestros visitantes.