RESULTA casi imposible sustraerse estos días al ambiente de la boda real y a los entusiasmos populares que acompañan al peculiar viaje nupcial, tan inusual como rápido. Pero hay dos cosas que me están haciendo pensar desde hace varios días. La primera es la imagen de esas interminables colas formadas por miles de madrileños, acompañados por españoles de otras latitudes, extasiados ante la posibilidad de entrar en el recinto donde se celebró el banquete real. El patio estaba vacío pero la sola presencia de una mesa que hacía de testigo fue suficiente para que muchas personas se sintieran invitados. No cabían en su gozo. Y así uno tras otro hasta contar una multitud. La otra imagen a que me refiero fue la escena en que se veía la alfombra roja, humedecida aún y pisoteada, convertida en objeto de deseo colectivo. Muchos se afanaron en llevarse la tierra de las macetas al comprobar que las flores ya habían sido arrancadas anteriormente por los más espabilados. Toda una eclosión de entusiasmo colectivo. Imágenes repetidas por la reiterativa pantalla televisiva que siguen dándome motivos para la reflexión. Aparentemente son intrascendentes, pero si profundizamos un poco en las causas de estas conductas grupales, pero también individuales, nos damos cuenta de que no dejan de ser una manifestación externa del vacío interior que caracteriza a una sociedad como la nuestra, tan sobrada de apariencias y cada vez más frivolizada por esa multitud de programas televisivos que van desde la prensa rosa hasta la telebasura, batiendo marcas que hace poco nos parecían inalcanzables, por injustificables. Miles de personas afanándose por llevarse un poco de tierra, un trozo de alfombra, una flor o cualquier otro símbolo no deja de ser una representación moderna de las más antiguas manifestaciones del fanatismo religioso y de los hábitos supersticiosos, tantas veces mezclados en las manifestaciones populares, que durante tantos años hemos rechazado por ser una expresión de una sociedad atrasada e inculta. Y eso que lo de antes tenía un sentido de trascendencia, aunque estuviese mal enfocado, fruto de la ignorancia las más de las veces y de la manipulación interesada en otras tantas. Sigo creyendo que es un tema para pensar en él. Por ahora, yo me reafirmo en que estamos ante el resultado de ese vacío que antes mencioné. Un vacío que paulatinamente va siendo sustituido por nuevos símbolos, por mitos renovados, por razones sin fundamento. Se trata casi siempre de un relleno banal porque las verdaderas necesidades del ser humano no pueden ser cubiertas por abalorios de vulgar cristal. De ahí esa alocada carrera por una nueva forma de consumo: la demanda de mitos. En este contexto cualquier persona, cualquier conducta, puede ser elevada al valor de mito y su vacío de valores a seudovalores de la modernidad. Las diferentes cadenas televisivas nos sirven el producto a la carta día a día y noche tras noche. Y las revistas, y -lo que es peor- las escuelas. De esos vientos estas tempestades. Y no dejaría de ser una anécdota circunstancial si no fuera porque esa misma sociedad es la base sobre la que construir, con sus opiniones maduras y responsables, nuestra sociedad democrática, para edificar una sociedad mejor, más justa, más progresista, más desarrollada, más culta. Percibo algo así como una carencia de fundamento, como un vacío real. Aunque sólo parezca un real vacío.