CADA DATO nuevo aumenta el espanto. La muerte de 62 militares españoles, que viajaban en un avión Yak-42, en tierras turcas fue el resultado de una imprudencia, pero la gestión que se hizo por parte del Ministerio de Defensa español después de aquella tragedia, lejos de tratar de reconfortar a los familiares, no ha hecho otra cosa que avivar sus heridas. Federico Trillo, antaño martillo de herejes, cuando el PP estaba en la oposición y asaeteaba al PSOE para llegar al poder, portavoz brillante e implacable contra los socialistas en los años de la legislatura de la crispación -la que fue del año 93 al año 96- se ha cubierto de ignominia e incompetencia. Primero, por enviar a los militares españoles en un avión todo a cien , en un ejemplo sangrante de cómo algunos valoran más el dinero que las vidas humanas. Segundo, porque después de la muerte de 62 personas, no fue capaz de garantizar algo tan básico como que a cada familia le entregaran el cadáver de su ser querido. Tercero, porque no tuvo el coraje de aguantar las criticas de los familiares de los muertos, que le increpaban en aquel funeral atiborrado de espanto, con los 62 féretros cubiertos con banderas de España -se dice pronto, 62 vidas humanas- plantados en medio de la pista de aterrizaje. La imagen de Trillo, impecablemente vestido, trajeado como para una boda, con sus gemelos y sus zapatos con borlas, protegido por un propio que le cubría con un paraguas, paseando por aquel paisaje de muerte y dolor, con los restos de los militares esparcidos por el monte, los jirones del avión cutre desparramados y una niebla que parecía de efectos especiales cinematográficos, retrata de forma cabal toda la incompetencia y toda la distancia de Trillo respecto de unas víctimas que siempre pensaremos que se podían haber evitado. Si a la muerte se le une la negligencia o la distancia afectiva, la suma resulta doblemente dolorosa. A fecha de hoy algunas familias no saben si los restos que hay dentro del féretro que le entregaron corresponden a su ser querido, a algunos se les escatimó la ayuda económica, que lógicamente debían recibir, alegando que se trataba de una pareja de hecho, otros han tenido que hacerse la prueba de ADN para seguir escarbando en busca de su víctima; todos, en fin, han actualizado su dolor con la reciente visita al lugar de la tragedia, en el que han tenido al menos el consuelo de ser apoyados por el nuevo ministro de Defensa, José Bono, y por los ciudadanos turcos del lugar. Los familiares de las 62 personas que perdieron la vida en el accidente del Yak-42 quieren que se establezca la verdad de lo que pasó, desean que se depure a los responsables y tienen que ser compensados económicamente como corresponde. Están en su derecho de reclamar un cierre digno, y siquiera levemente reparador, de este terrible duelo en el que se han unido la fatalidad, la incompetencia y la falta de sensibilidad.