LA GUERRA de Irak fue un error político. Se confirma a diario en esta fase postbélica de «reconstrucción» del país. Desde la perspectiva ética las guerras justas requieren una muy profunda ponderación de las circunstancias. Juan Pablo II, con una autoridad moral reconocida universalmente, se manifestó clara y reiteradamente contra una guerra que era evitable. No fue escuchado por quienes la promovieron. El presidente Bush estuvo respaldado por la mayoría del pueblo estadounidense. Si hemos de creer a recientes encuestas, por cerca de un setenta por cien. Aunque ahora quienes están en contra de sus consecuencias sean mayoría (56%) todavía un 48% frente a un 46% sigue creyendo que la iniciativa fue correcta. La mayoría de la opinión pública, sin embargo, no justifica sin más una guerra. Actualmente en Irak se encuentran elementos militares integrantes de una coalición formada desigualmente por una treintena de países. La gran mayoría de ellos no participaron, como USA y Reino Unido, en la acción bélica. Tampoco España. El error de Aznar no consistió en esa participación junto a otros países europeos, sino en respaldar la guerra explícitamente con un protagonismo clamoroso. Con su vicio de origen los esfuerzos se dirigen ahora, contando con la ONU, a encontrar una «salida» al embrollo creado. Habrá que ver quienes están dispuestos a participar en la operación. Las posiciones de los Estados tienen que ver con sus propios intereses, más o menos pudibundamente vestidos. En ellos, el aspecto energético tiene una especial importancia para países como Alemania y Francia, de un lado, y EE. UU. de otro. Desde ahí pueden interpretarse declaraciones sobre la necesidad de que el próximo gobierno iraquí tenga plena soberanía sobre el petróleo o la resistencia a admitirla. El sombrío brazo de la guerra de Irak y sus secuelas ha alcanzado a nuestro país. Multiplicó de un modo exponencial la conmoción que la masacre del 11-M produjo en el sentimiento colectivo. Influyó en el resultado electoral del 14-M en una proporción que no sabría medir. No hace fácil el juicio sereno. Menos aún cuando están próximas otras elecciones. La cuestión iraquí ha castigado al Partido Popular en una iniciativa que, por diversos motivos, no contaba con el apoyo mayoritario de los ciudadanos. Encierra una enseñanza acerca de cuales han de ser los límites de la disciplina interna en un partido político. La sombra de la guerra se presenta como una suerte de «maldición», que no debería acompañar todos los pasos. La presencia española en Irak ha terminado. Es ya, aunque reciente, historia. A ésta corresponderá el juicio definitivo. Para qué agitarla, a no ser que quiera utilizarse «incruentamente» en la contienda electoral. No es digno manejar los sentimientos, ni prudente poner en posible cuestión futuras acciones de un ejército constituido por profesionales. Aunque España se haya pasado al grupo de Alemania y Francia en el «asunto» de Irak, no existe unanimidad en Europa. Reino Unido, Italia, Polonia, entre los de mayor población, mantienen una diferente posición. En realidad no es la única cuestión que va a orientar las alineaciones de los Estados. Se entrecruzan muchos intereses. A los ciudadanos se nos reclama nuestra asistencia a las urnas para manifestar lo que conviene a nuestro país en la Unión Europea ampliada a veinticinco países. No para ajustes de cuentas.