La inacabada transición rusa

| JOSÉ JAVALOYES |

OPINIÓN

HAY CASOS, como el de Rusia, con transiciones de nunca acabar. No cabe estar sin más tres cuartos de siglo en la más compacta dictadura totalitaria que nunca vieron los tiempos. Salir de tanto padecido durante tanto tiempo exige un esfuerzo prolongado y complejo. El camino ruso hacia libertades políticas y los equilibrios de poder comenzó con una estampa merecedora de los grandes murales que ilustran el paso de la Historia: Boris Yeltsin plantado sobre un carro de combate, en aquellas horas del Moscú pos-Gorbachov en que se mascaba la contra-revolución comunista. Se cortó entonces el nudo gordiano. Pero quedaban otros nudos que cortar o deshacer. El proceso de desagregación de poderes que se habían acumulado en la burocracia del Partido quedó abierto a escenarios en rotación, por los que desfilan cuestiones políticas, debates económicos y alternativas judiciales. Mijail Jodordovski, el magnate del petróleo ruso, dueño de Yukos -primera petrolera del país-, con una fortuna personal situada por encima de los 15.000 millones de dólares, le echó un pulso a Vladimir Putin y acabó por dar con sus huesos en la cárcel. Se le ha instruido un sumario de más de 200 tomos, acusado de evasión fiscal y de toda suerte de delitos contra el Estado. Jodordovski entró en órbita de colisión con Putin cuando propuso un modelo de cambio desde el poder económico, cuando este ex-KGB partía con su proyecto de democracia estribada en el poder político y el Estado. El caso habría hecho las delicias de Bardiaef: el mayor de los oligarcas salidos de la chistera privatizadora de Yeltsin, como los seis restantes excepto uno, es judío. Tiene todos los números para el sorteo. En una semana le comienzan el proceso. Jodordovski quiso sumar el poder político al económico. Putin sólo quiere el poder político, y se apoya en el anti-semitismo ruso. Otra gran novela de allí.