«Galegoperplexidade»

| JOSÉ LUIS MEILÁN GIL |

OPINIÓN

12 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EL PLAN GALICIA se ha convertido en una suerte de pimpampum entre los políticos. Los ciudadanos giramos la cabeza de un lado a otro como espectadores, que también podría calificarse de pimpón. O si apuramos el símil lúdico, de crícket para continentales, porque no es fácil ni seguirlo ni entenderlo. El Plan no existe, ni existió, pero se reclama. El Plan es una carta a los Reyes Magos, pero va a cumplirse otro mucho mejor, que se llamará de otra manera. No hay cifras en lo prometido, pero ha de creerse en las que se pondrán en el futuro. Dejemos a un lado las lindezas que se entrecruzan los actores e intentemos separar declaraciones y compromisos. Partamos del presente, no nos enzarcemos con el pasado y no nos engañemos con espejismos de futuro. Llámese como se quiera, califíquese como venga en gana, existe algo denominado convencionalmente Plan Galicia. No es un término desagradable. Que se trató con él de paliar una primera reacción deficiente del presidente Fraga y del ex presidente Aznar. Que se trata de objetivos y acciones que estaban previstos inicialmente. Que debían haberse previsto hacía mucho tiempo y forman parte de una deuda histórica no saldada ni siquiera con el Plan. Que el Puerto Exterior de Galicia -no de A Coruña- no había sido incluido en ninguna planificación de la Xunta de Galicia, ni aparece en el Informe Galicia 2010. Que los proyectos están incompletos... Y tantos que añadibles. En algunos casos, como el del puerto exterior, existe un convenio firmado por tres administraciones públicas: del Estado, Xunta de Galicia y ayuntamientos de A Coruña y Arteixo. No se trata ahora de discutir si son galgos o podencos. Es cuestión sencillamente de que se cumpla, y ha empezado a cumplirse. La Autoridad Portuaria lo ha contemplado en su plan de empresa. Proyectos ambiciosos de obras con duración de años es razonable que sean susceptibles de modificaciones respecto de lo inicialmente programado. Incluso habría que decir que es deseable, si se tiene en cuenta el proyecto de la técnica. Lo que ya no parece razonable es que ese perfeccionamiento posible demore la realización de unas obras que requieren un período prolongado de tiempo. Es más, un proyecto concebido para unos determinados fines -me refiero ahora al puerto exterior- puede verse enriquecido con nuevas perspectivas que rebasen las ambientales, por muy importantes que éstas sean. La financiación de esas obras rebasa la anualidad presupuestaria. El plan supone el compromiso de inducir cifras concretas en los sucesivos presupuestos. Las de esa naturaleza siempre tendrán algún carácter tentativo, ya que resulta imposible fijarlo todo agotadoramente desde el principio. Que no se han solicitado de Bruselas ayudas específicas, pues solicítense con diligencia. Cabe también que de los fondos comunitarios se destinen a las obras del Plan Galicia las partidas pertinentes o de los Presupuestos del Estado si no pueden aplicarse aquéllos. «Todo é o que un se pon», decimos aquí. Es cuestión de voluntad y de cabeza para encontrar las vías adecuadas. En el caso presente hace falta también claridad y concreción. Déjense de circunloquios. Pónganse unos y otros como no vean dueñas si así lo desean. Puede que Galicia necesite más, pero no se disminuya, por ello, el compromiso. Agarrarse a él es legítimo, aunque resulte incómodo para quien tenga que ejecutarlo sin haberlo ideado. Mejórese lo que se quiera, pero sin dilaciones, que Sancho es complemento de don Quijote. Superadas las elecciones europeas, cualquiera que sea su resultado, será el momento propicio para que los ciudadanos sepamos qué podemos esperar y qué exigir: salir de la perplejidad.