POR MUCHO que se empeñen Carmen Caffarel y los nuevos responsables de televisión española en decir lo contrario, la cadena pública nacional es intrínsecamente gubernamental. Han bastado pocos días y algunos cambios, ninguno cosmético, para que la línea informativa sea favorable al PSOE y vitriólica para el Partido Popular. Justo lo contrario de lo que hacían hasta hace unas semanas. No es una cuestión de formas, es pura morfología o, como otros dicen, factor humano. Quienes trabajan en esa casa saben que en la «gubernamentalidad» está su salvación y a ella tienden como el agua al cauce, aunque su propósito sea otro más acorde con los fines de un medio de comunicación público: la neutralidad hacia los partidos políticos y el saludable ejercicio del contrapoder al poder legítimamente constituido. En el modelo actual de televisión pública la directora general de televisión carece de facultades para modificar el sistema y desde la adscripción del ente a la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI) tampoco dependen de ella los presupuestos ni su gestión. Es rehén del sistema, en el que solo puede intervenir en los contenidos, que no es poco, pero nunca en la manera de financiarse, ni en el nombramiento y duración de los consejeros, e incluso en la elección del director de los servicios informativos porque este cargo, por mucho que el Gobierno y el partido que lo sostiene lo niegue, lo nombra directamente el Ejecutivo y depende de él. ¿Acaso alguien de buena fe cree que a Ernesto Sáenz de Buruaga lo nombró Mónica Ridruejo? En una reciente entrevista la directora general subraya que ninguno de los nombramientos que ha hecho se los han sugerido y que desde que ocupa el cargo nadie de Moncloa la ha llamado por teléfono. Faltaría más. Lo primero no es cierto porque al responsable de informativos se lo han puesto y lo segundo no hace falta, basta con que hablen con Fran Llorente o simplemente con saber que en Moncloa gobierna el PSOE, como antes gobernaba el PP. Y este ejemplo sirve para todas las cadenas públicas españolas, unidas por un cordón umbilical al Gobierno de turno, del que reciben el ecosistema en el que sobrevivir y multiplicarse. Decir lo contrario no parece serio en estos tiempos, cuando tantas vueltas ha dado la noria de la televisión pública. Una televisión pública que siempre tiene problemas con la oposición pero nunca con el Gobierno. ¿No es, cuanto menos, sospechoso?