La «lucecita» en Moncloa

| MANUEL MARLASCA |

OPINIÓN

PILAR CANICOBA

14 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

HE LEÍDO no sin cierto rubor que el presidente Rodríguez Zapatero le dijo a su vicepresidenta, María Teresa Fernández de la Vega, en el descanso del partido de la Eurocopa España-Rusia, que «tiene que entrar Valerón». No sé si la vicepresidenta llamó al seleccionador, aprovechando el descanso, y éste se apresuró a atender el imperativo de este nuestro benefactor en que su corte quiere convertirnos al mortal Zapatero. Descarguemos de ironía el incidente, cuya gravedad radica, a mi juicio, en que la vicepresidenta se lo cuente a los periodistas, elevando la anécdota a poco menos que categoría de profecía (Valerón entró y marcó el gol de la victoria), y nos servirá para temer que Zapatero acabe levitando, como les ocurrió a otros presidentes. Además, ya hay antecedentes: para empezar, la famosa frase de la noche electoral que el presidente todavía in pectore fue repitiendo en todas sus comparecencias informativas: «La gran lección de anoche es que muchos jóvenes se acercaron a felicitarme y me dijeron: no nos falles», aunque todavía Zapatero podía permitirse esas licencias. Pero es que luego le hemos escuchado decir que «traeré agua al Levante como traje las tropas de Irak», o comprometerse ante su clientela catalana y la severa vigilancia de su correligionario Maragall a que el Estado entregue a Barcelona el castillo de Montjuic. Estamos, pues, instalados en la apoteosis cuando todavía no ha terminado el clásico período de gracia de los cien días de gobierno y a pesar de que el vicepresidente económico Solbes rebaja los entusiasmos doctrinarios de algunos colegas o de que las promesas evolucionan y la ministra de la cosa se dispone a resolver el problema de la vivienda con «soluciones habitacionales», que decía el presidente chileno Salvador Allende. Quiero decir, en fin, que debería empezar a cuidarse Zapatero de quienes, en la hora del triunfo, han corrido en su auxilio; capaces de justificar incluso la medalla que se concedió Bono y que el ministro de Defensa devolvió porque su sentido del ridículo es mayor que el de quienes están a punto de explicarnos que en Moncloa, como en El Pardo del dictador, hay una lucecita que no se apaga nunca porque es la que ilumina día y noche a Zapatero... incluso para aconsejar que entre Valerón a ganar un partido de fútbol.