ANTES FUE Oriente Medio, luego, Oriente Próximo, y ahora, Amplio Oriente Próximo y Norte de África. Cabe suponer que abarca desde Marruecos hasta una línea improbable entre Irán, Pakistán y Afganistán. Es una suposición abierta a la sospecha de que se trata de abarcar tanto como sea necesario para justificar que no hay modo de apretar. ¿Por dónde y para qué apretar? Hay que apretar en Irak para llevarlo a la democracia como ejemplo de la senda para la paz entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina. Una respuesta ilusa que tiene, sin embargo, la ventaja, a su favor, de amparar una hipocresía amplia y con un fondo de armario que permite a cada cual intentar la política más adecuada a sus intereses, con tal de que la presente con una retórica afín a la ilusión democrática hecha principio antropológico. Es un modo de articular la ficción abstracta como si fuera realidad concreta, y una fórmula para convertir las buenas intenciones de los demócratas en un catálogo de recursos con los que manipular sus conciencias. Para la mayoría de los árabes ilustrados, la democracia es vista como el último resorte de un colonialismo tan refinado en su insidia como cabal en su propósito. Para los no ilustrados, la idea de democracia tiene todo el aspecto de una intrusión quintacolumnista que amenaza de raíz la arquitectura de su credo y de su modo de vida. Esto es así del uno al otro confín del Amplio Oriente Próximo y Norte de África. Es así y está tan claro como el hecho de que, al cabo de 56 años (se dice pronto) de guerras abiertas, ocultas, subyacentes o espasmódicas entre israelíes y palestinos, no hay por dónde hablar de un ferviente y dilatado deseo en coincidencia por la senda de la paz. Es una manera abrupta de ver las cosas, que explica el alto precio del empeño en distribuir e insertar democracia y sacar demócratas de las piedras. Un precio en sangre, dolor y lágrimas, pagado por los eternamente colocados a trasmano de la historia, en otra historia o, simple y dramáticamente, a la izquierda de Dios Padre. Es, también, un precio en cuyo pago intervenimos con nuestros impuestos y nuestros soldados muertos en ofrenda a la pretensión, algo presuntuosa, de nuestras buenas conciencias y excelentes intenciones. Pero el camino al infierno está empedrado de intenciones a cada cual más buena, así que quizá deberíamos entrar al examen de una opción de coexistencia pacífica o paz armada entre quienes abrazamos la democracia y quienes, en ese lugar del mundo, nada quieren con ella. La democracia es, según nuestra experiencia, el menos malo de todos los males. Es una norma de vida que organiza los instintos sociales puestos por encima de los niveles de pobreza en los que se debate la mayoría de la población árabe, sujeta a tan deplorable estado por una clase dirigente voraz y despilfarradora. Ahí están los 15.000 príncipes saudíes a quienes tan sólo Bin Laden y sus suicidas profetas armados están dispuestos a medir las costillas, según los objetivos más evidentes de un programa cada vez más concreto, aunque no menos espeluznante. Para el árabe desharrapado, Al Qaida puede estar comenzando a ser una esperanza más entrañable y factible que una democracia cuya música les suena a ominoso canto de sirenas. No es un panorama que tranquilice los nervios.