Suiza

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

18 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

DESDE BASILEA se ve el mundo como un día de otoño en Galicia. El Gobierno suizo nos ha invitado a un grupo de escritores españoles, comandados por Ana María Matute, para contar en un libro las grandezas y miserias del drama de la emigración, la misma que hace cuarenta años financió el milagro español cuando tres millones de españoles fueron mano de obra barata en la vieja Europa. En ese espejo suizo nos estamos mirando ahora que España está recibiendo emigrantes, de sus experiencias debemos aprender para no reiterar sus errores. Nuestros sudacas y nuestros moros son hoy lo que hace algunos lustros fuimos nosotros en Suiza o en Alemania. Los gallegos conocemos desde nuestro origen los secretos de la emigración. Somos un pueblo nómada a nuestro pesar, y en el código de barras que llevamos tatuado en el adeene , se puede leer el número de un pasaporte virtual que nos obliga a ser carne de emigración, como si de un castigo divino, maldición humana o pecado original se tratara. Hace veinte años realicé otro viaje similar a éste. Visité en Alemania ciudades y fábricas donde vivían y trabajaban emigrantes españoles. Entre ambos viajes mucho cambió el cuento, la novela de la emigración. Cambió para mejor, y aquellos españoles sorprendidos y humillados, son hoy europeos orgullosos de haber podido crear desde la emigración un patrimonio económico, cultural y afectivo que quizás no fuera posible realizar en España. La emigración no es una novela, es un drama, nada hay más duro que verse obligado a dejar la patria de la infancia o de la adolescencia para emprender un viaje que quizás no tenga retorno. Un viaje a la incertidumbre, al dolor a la nada. En ocasiones se encuentra el billete de vuelta, y una estela de bares de carretera y tabernas de pueblo son en su nombre la muestra de gratitud a una tierra de acogida. Ahí están multitud de denominaciones de origen llamadas restaurante Berna o bar Lausana, como homenaje a una tierra de acogida y un país de promisión. He visto en las calles que invariablemente desembocan en las estaciones de ferrocarril de las grandes ciudades europeas a hombres solitarios, paseando, deambulando los domingos el ocio de los emigrantes. Acaso ver partir los convoyes que viajaban hacia el sur atravesando la noche constituía la mayor de las distracciones de aquellos domingos de luz ceniza y color de Europa. Había, cuando desde Galicia la emigración era una oleada incesante, una sangría, un acordeonista de mi pueblo que cada semana hacía el viaje de ida y vuelta en una «rubia», en una furgoneta de diez plazas. En cada parada tocaba un par de bailables para animar a aquella gente que iba a tardar muchos meses, acaso años, en regresar. La DKV, la furgoneta de diez plazas, era una patera terrestre navegando las Landas tierra arriba hasta llegar a un destino donde contaban viajeros, que había trabajo y se podrían hacer buenos ahorros. Suiza es una isla en el corazón de Europa, pero los emigrantes españoles no están aislados. He conversado con jóvenes profesionales de la segunda generación. Son brillantes y no han renunciado a sus orígenes. Tienen memoria histórica, memoria solidaria, son suizos sin haber renunciado a ser españoles, tutelan y vigilan la integración migratoria y estoy seguro que algún día no lejano formarán parte del gobierno federal. Es la cara más amable de la emigración. Salió el sol en Basilea, un sol indolente y vespertino. Un buen síntoma.