EL PASADO domingo se celebró el Día Mundial del Refugiado. Nada más necesario que dedicar un día al año a remover nuestras conciencias sobre uno de los dramas de nuestra civilización. Nada más imperioso que recordar a esos millones de personas forzadas a abandonar su identidad, su hogar, su patria y su vida normal para transformarse en parias dependientes de la misericordia de los demás. Desgraciadamente, nada nuevo hay en el refugiado y su condición reconocidos y tratados ya en 1951 en el Estatuto de los Refugiados de la Convención de Ginebra, que lo define como una persona que «debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país; o que careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores no quiera regresar a él». No puedo imaginarme nada más triste que huir con lo puesto dejando atrás no sólo las cuatro paredes que constituyen el hogar y las pertenencias materiales sino también las raíces, el entorno, los recuerdos¿ Según Acnur, el número de refugiados es, actualmente, de diecisiete millones, la cifra más baja en cinco años. Y aún cuando debiéramos felicitarnos por el retorno de millones de personas a sus hogares, no podemos olvidarnos de que son muchos los que todavía no pueden hacerlo y que un porcentaje numeroso de las decenas de miles de personas hacinadas en campamentos que comparten escasos víveres, deficientes servicios sanitarios y precaria asistencia médica, mueren más de pena que de inanición. Para poner remedio a esta crisis humanitaria no basta con enviar misiones de ayuda, es preciso que los gobiernos intervengan de forma sensata y útil para solucionar las guerras fraticidas que hasta ahora han fomentado o consentido. A nosotros nos corresponde presionar para que lo hagan.