EL VOTO de las bases políticas resistió. El PP aguantó bien, el PSOE ganó por la mínima. El voto mayoritario, el vencedor real, se abstuvo. También ganó el bipartidismo. La clave está sin duda en esa escasa intención de voto. Varias son las razones explicativas que pueden apuntarse: el euroescepticismo creciente ante un modelo tecnocrático y burocratizado en exceso, la percepción de la escasa eficacia del Parlamento europeo que como mucho se ve como un órgano codecisor, la valoración de los escaños como retiros políticos dorados y por eso muy bien pagados, el cansancio electoral, la sensación de que nada importante se decide, el bajo perfil europeo del discurso político, la falta de emoción de los candidatos y otras razones por el estilo. Para los dos grandes partidos, la cuestión puede analizarse desde otra óptica. Para los populares era la oportunidad de demostrar que no eran perdedores relegados a segundones, y lo lograron por cierto, para lo cual movilizaron todas las bases con un toque de arrebato. Por eso en las comunidades autónomas donde hubo más participación el voto popular incrementó su porcentaje. También perdió más en aquellas donde el joven Gobierno socialista agravió a los votantes con desprecios, negaciones o declaraciones contradictorias, como ocurrió con el Plan Galicia y el trasvase del Ebro en Valencia y Murcia. Al final, la resistencia popular obtuvo un resultado satisfactorio. Para el Partido Socialista era otra cosa. Aún se consideraba en estado de gracia, con el talante e Irak era suficiente, la adecuación del candidato no importaba, y las chapuzas de los ministros -de todos menos dos- nada importaban a los españoles, ni tampoco los incumplimientos diarios de las promesas de regeneración democrática. Volvían a asomar rostros, actitudes, formas del viejo socialismo que parecían haber sido sustituidas por el nuevo talante, pero que muchos empezamos a dudar si esa visión no sería un espejismo. Tampoco esto motivaba al votante de hace unas semanas. Aznar, por otra parte, ya no estaba; ya no era necesario ir a por él. Todos aprobaron, menos las opciones radicales, pero nadie mereció el sobresaliente. En Galicia el calidoscopio político es, como casi siempre, diferente. Los populares pusieron en marcha todas sus redes locales de captación de voto, sin duda una organización poderosa y bien controlada que, por más que la critiquen, para sí quisieran otros. Tal vez esta sea la principal lección que tengan que aprender los que aspiran a protagonizar el cambio. La transferencia de votos se consigue si se trabajan y no sólo desde los titulares o desde los discursos que parecen clases; hay que ir a pie de obra, patearse cada municipio, cada parroquia. Los populares saben hacerlo, lo hacen bien (aunque a veces se pasen) y obtienen buenos réditos del trabajo. Los socialistas tienen una ardua tarea por delante. Sólo desde las ciudades y las villas, Touriño tendrá dificultades para lograr acelerar esa tendencia al cambio que él dice está abierta, y que de hecho lo está, pero hay que entrar y permanecer. Por otra parte, la recuperación del voto socialista trasvasado al BNG con ocasión de la etapa de corrupción anterior se cerró y todo volvió a su sitio. Ni el Bloque va a ganar más ni el socialismo gallego va a seguir recibiendo trasvases significativos. Parece que las aguas volvieron ya a su cauce, aunque quede algún regato perdido. Vistas así las cosas, el cambio no será tan fácil, aunque a lo mejor tampoco tan difícil para Touriño. Todo depende de lo que en su momento decidan los votantes que ahora se abstuvieron y que, probablemente, alimentaron el voto de las recientes elecciones generales. Por eso los ganadores fueron los que no votaron, también por eso los populares resistieron bien. La resistencia popular, con el viejo maestro al frente, volvió a responder, con la ayuda eficaz de los mismos socialistas, que en la absurda batalla por la velocidad desaparecieron de la escena, traspasando su papel de defensores de los intereses gallegos a Madrid. Y entre Santiago y Madrid ganó quien tenía que ganar: los autores del Plan Galicia. Y en esto la resistencia sí que fue popular, porque nos unió a todos los gallegos, por el bien de Galicia, naturalmente, que al final es siempre lo que importa.