«Anti»

| JOSÉ LUIS MEILÁN GIL |

OPINIÓN

26 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

UNA CORRIENTE de fondo que aflora a la superficie de la vida pública con cierta frecuencia es la actitud anti. Las últimas elecciones generales, e incluso las europeas, estuvieron determinadas por el antiaznarismo, como las de 1996 lo fueron por el anti-González concentrado en el eficazmente repetido «márchese». Ha habido una corta tradición de gobernar oponiéndose a la oposición. Algunas de las decisiones que se han tomado en los pocos meses de Gobierno socialista parecen guiadas por la misma actitud. Hacer lo contrario de su predecesor, antes de actuar conforme al prioritario interés general, bajo la influencia de lo adelantado en el clima de la campaña electoral. La retirada anticipada de tropas en Irak, discutible desde el complicado tablero internacional, venía a ser la antítesis de lo anterior. Algo parecido ha ocurrido con la posición gubernamental respecto de la Constitución europea. Descartar desde el comienzo las ventajas, no inamovibles pero ciertas, del Tratado de Niza, deja la impresión de que la táctica está impregnada por lo anti. De otra parte, el europeísmo no tiene por qué definirse a partir de lo antiamericano. La misma reflexión sugiere la suspensión del Plan Hidrológico sobre el trasvase del Ebro, o de lo dispuesto en la ley de la calidad acerca de la enseñanza de la religión. Cierto es que ese posicionamiento encuentra también un fundamento rentable al agradar a los socios, sean geográficos o ideológicos, que prestan su apoyo al Gobierno. El presidente del Gobierno, en su discurso de investidura, ensalzó el talante, con lo que no es difícil estar de acuerdo, y su corolario de diálogo siempre conveniente. Habló de no partir de cero. Y, sin embargo, la cascada de declaraciones que se han realizado desde entonces han proyectado la imagen de poner todo patas arriba . La bondad de una alternativa, propia del pluralismo, se calibra, salvo casos extremos que aquí no parecen darse, por construir más que por destruir, por integrar más que por dividir, por sumar y no excluir. Se trata de avanzar, de mejorar, sin hacer tabla rasa de lo encontrado; reformar, sin caer en una cruzada de contrarreforma. Esto es lo propio de sociedades con madurez. Claramente aplicable a la economía, trátese de no generar déficit público o de no introducir desconcierto o desconfianza en los actores. Por qué prescindir de un modo acelerado y masivo de profesionales de la función pública, aunque sean de libre designación. Parece razonable aprovechar la experiencia acumulada en años de servicio al Estado. Seguimos construyendo maniqueos: o conmigo o contra mí, en cuestiones que no son de conciencia. Al de nacionalistas y constitucionalistas se suma el de conservadores y progresistas, con etiquetas que se me antoja se asemejan a la marca que dejaba el hierro candente en la carne de los esclavos. También en la vieja Europa ha asomado la intolerancia bajo la forma del veto de unos pocos a la mayoría que proponían o no se oponían a la mención de las raíces cristianas en la reciente Constitución, sin las que resulta incomprensible nuestra historia común. Una muestra más de lo anti, anclada en una lectura incompleta y sesgada del pasado. Para defender lo de uno no hay que denigrar al otro. Lo anti, en el nivel personal y en el colectivo, es regresión, condiciona la auténtica libertad.