NICOLÁS SARKOZY es el actual ministro de Economía francés y, previsiblemente, también candidato a presidir el partido más importante de la derecha gala, la Unión por un Movimiento Popular (UMP), del presidente Jacques Chirac. Hasta aquí todo normal e incluso rutinario. Sin embargo, lo novedoso empieza cuando se acerca la lupa a su actuación en el Gobierno y a sus posiciones políticas generales. Entonces saltan a la vista las diferencias con el actual presidente de Francia. Porque resulta que Sarkozy no es un fiel del excluyente eje franco-alemán venerado por Jacques Chirac (más bien cree en el impulso conjunto de un grupo de grandes países, entre los que figura España), ni es un admirador del canciller germano Gerhard Schröder (el rechazo es mutuo), ni le gusta la política arabista de su país (tan ensalzada por Chirac), ni siente antipatía alguna hacia Tony Blair (a diferencia de su jefe), ni es antiamericanista de salón (como otros miembros del Gobierno francés). Visto lo cual, el personaje ha reunido los suficientes méritos para llamar la atención, porque, de salirse con la suya, los cambios en la posición francesa en Europa y en el mundo no serían pequeños. Chirac ya se ha alarmado y, para pararle los pies a este compatriota de origen judío-húngaro, ha favorecido primero la candidatura del ex ministro de Exteriores Dominique de Villepin, aquel que tantas lecciones nos dio sobre los inconvenientes de la «lógica de la ocupación» en Irak, y ahora le pide a Sarkozy que, para presentarse, renuncie al Ministerio de Economía. El presidente francés sabe que si éste se impone, la mayor parte de su edificio político será revisado y reformado. El florido y sutil lenguaje de Villepin intentará atajar el pragmatismo directo de Sarkozy. Pero el punto débil de Villepin es que, más allá de sus habilidades formales, sólo está el viejo discurso chiraquista de siempre. Y lo que representa Chirac ya no encandila porque con frecuencia sólo conduce a atascos o a pulsos estériles. Atención, pues, a Sarkozy. Él representa la novedad.