EL IDEAL de los políticos es dar con una frase breve, comprensible, que contenga una afirmación que tenga tanto de novedoso como de asumido por el receptor... Algo parecido a lo que hacen los españoles clásicos que, según algún estudioso, hablan con refranes. En ese sentido, la intervención de José Blanco -el jerarca lucense del PSOE- lamentando que en tanto las familias del Yak 42 lloran el ministro culpable de su pena, Trillo, siga de fiestas en San Juan, es un hallazgo. Lo que hace sufrir a los políticos generalmente son las espontaneidades. Aquel «manda huevos» del mencionado Trillo, antes de que hubiera llegado al potro de torturas de Defensa. O ahora, todavía caliente, el exabrupto de la ministra Magdalena Álvarez: «Me va a decir ahora a mí lo que es el Plan Galicia de mier...». Las espontaneidades, en fin, que cazan y difunden uno o una docena de periodistas avispados. El problema de las personas públicas es que una mala frase les puede hundir la carrera. Hay excepciones, sin duda, como la que reflejaba bien Paco Vázquez de Maragall, al decir del honorable que le da algún dolor de cabeza al presidente Zapatero...pero «es un político con gran personalidad y un hombre innovador en las ideas». Pero también cabe excepcionar por el otro extremo, y quizá sea el caso de la ministra con nombre de pieza de desayuno: en lo que afecta a Galicia, ¿Álvarez puede dar más disgustos a Zapatero, a Pérez Touriño y a un sinfín de socialistas gallegos? Difícilmente se puede creer que sea capaz de entrar más veces y más atropelladamente como un elefante en una cafetería. Algo debe tener de cierto el chascarrillo de que cuando fue nombrada ministra, el que más se alegró fue Manuel Chaves... por perderla de vista. Cuando los políticos son inteligentes, caso del inolvidable Alfonso Guerra, un dicho se convierte en una anécdota. Cuando han hecho de la agresividad su nota característica, lo que suele importar de su boca no es la lengua sino los dientes.