CARLOS G. REIGOSA | O |
05 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.MARLON Brando no fue el más amado, pero fue el mejor. Encarnó una buena parte de nuestras rebeldías ocultas, dignificando nuestra visión de nosotros mismos; por ello, siempre estaremos en deuda con él. En deuda por hacer que nos sintiésemos Emiliano Zapata, Julio César, Vito Corleone ( El padrino ), Stanley Kowalski ( Un tranvía llamado deseo ) o el coronel Kurtz ( Apocalypsis now ), sin necesidad de vivir sus desmesuradas experiencias. Símbolo erótico y emblema de una sana y persistente vibración antisistema, al final, en su crepúsculo, estaba lejos de ser deseado por las grandes productoras de Hollywood. El director Francis Ford Coppola tuvo que imponerse a la Paramount (que prefería a Burt Lancaster, a Edward G. Robinson o a Orson Welles) para que hiciese el papel de Vito Corleone. Pero Coppola acertó: nadie podía superar al mejor, que recibió entonces su segundo Oscar (el primero había sido para la inolvidable La ley del silencio ). Marlon Brando no tenía igual, ni en el cine ni en la vida. Intentó parecérsele James Dean. Lo intentó Paul Newman con dignidad. Pero había un problema insalvable: Brando era único e incomparable. Y lo sigue siendo después de muerto.