LA SOMBRA del Prestige se desvanece paulatinamente. Todavía queda fuel en sus bodegas, aunque esperemos que por poco tiempo. Las rocas conservan muescas de su paso, pero las playas pueden ser holladas por el presidente del Gobierno sin que el chapapote manche sus zapatos. En algunas ventanas aún permanecen banderolas fúnebres con el Nunca máis , pero el Plan Galicia, después de ser piropeado , es asumido solemnemente. Acaba de levantarse acta ante la mar oceánica, en pleno año jubilar, delante del Patrono de la Catedral compostelana y del patrón de Raxoi. En el actual grado de compromiso presidencial ha tenido que ver la percepción de que la reivindicación de las infraestructuras e inversiones, que se cobijan bajo el pomposo Plan Galicia, respondía a algo más profundo que a una táctica partidaria de desgaste. Se ha intuido que tenía mayor calado. Han sido representaciones sociales, genuinas y no alineadas, quienes han alertado de su trascendencia, alejada de una coyuntura electoral. Los medios de comunicación -y el periódico en que escribo constituye una referencia- no pueden callar. Como no callaron representantes empresariales, sindicales, de las finanzas, o del comercio. Nos va en ello algo de la supervivencia digna de Galicia en el siglo XXI. Y ahora, qué. Debemos dar por concluidos los ritos, los gestos, las recriminaciones, los malos entendidos, las «higas», las disputas por las medallas a lucir, los ajustes de cuentas y, por lo que se ha escuchado, incluso las soledades. De acuerdo. Habrá que mantener una actitud activa para comprobar cómo la buena disposición se concreta en realidades tangibles y cuantificables. Si se ha otorgado un carácter prioritario habrá de reconocerse en cuanto a las disponibilidades presupuestarias. Por la misma razón, entre dos opciones legales para adjudicar proyectos y obras, habrá de escogerse la de ejecución más rápida. Todos, y no sólo gobiernos y partidos políticos, daremos fe de si el Plan discurre en la buena dirección y con el ritmo adecuado. La sombra del Prestige , por pasajera que deseemos, continuará en la memoria histórica y se proyectará como un símbolo. No debe reducirse al campo de juego de los políticos, aunque sobre ellos recaigan precisas obligaciones, ni circunscribirse al referido plan. La política que requiere Galicia no debería acantonarse en la contraposición dialéctica de cumplimientos -para satisfacción gubernamental- o incumplimientos, para ventaja de sus opositores o competidores. En Galicia nos asomamos a un fin de etapa que invita a la reflexión colectiva. La sucesión del presente político no está exenta de interrogantes y dudas. También de expectativas. La inercia no es ya una senda segura. Es el momento de un mayor protagonismo de la sociedad. De no desentenderse de lo que afecta a todos como comunidad, más allá de la procura de un acomodo, cualquiera que fuere el escenario. Porque alguno de los posibles a imaginar pudiera no resultar tan cómodo, como se supone, para los intereses personales. El símbolo del Prestige llama a la convergencia de acciones. El Rey D. Juan Carlos se refirió a Fuenteovejuna cuando se acercó por primera vez a nuestra zona cero . No se trata, obviamente, de matar a ningún malvado Comendador. En esta tierra que termina en la mar, proclamaría el «todos a una», en la palabra harambee con que se expresan, sin violencia, en swahili los pescadores africanos cuando tiran juntos para traer el barco a la playa. ¿Es eso posible en la actualidad, con un bipartidismo rampante y un nacionalismo ahora desconcertado? ¿Qué estabilidad deseable puede prometerse desde una confrontación política de carácter estructural? ¿Cómo podría ayudar la sociedad no comprometida a superarla? ¿Será suficiente la vía del pacto? ¿Sería viable? ¿Se precisaría otra fórmula que permita a los antagonistas de hoy girar en órbitas que no conduzcan al choque? Son algunas preguntas que habrá que ir desarrollando bajo el recuerdo del Prestige . Liberado de su aciago origen, constituye un estimulante símbolo para pensar solidariamente en el interés general.