MADONNA puede hacer gala de su fe en la cábala, Tom Cruise de la Iglesia de la Cienciología; Testigos de Jehová y Mormones hacen proselitismo por nuestras calles, se celebra el día del orgullo gai, pero los católicos deben guardar silencio. Existe una especie de espíritu de revancha o desquite, una actitud beligerante contra la Iglesia y ésta ya no se siente dueña del mundo sino hostigada por él. Todo esto es cierto, pero como bien dice mi buen amigo Alfonso Novo, en unos tiempos como los de hoy, en que con frecuencia se oyen voces lamentando el secularismo que acecha a la Iglesia, conviene no olvidar que la primera secularización se produjo cuando los ministerios de servicio eclesial se transformaron en órganos de gobierno siguiendo los modelos del poder civil, allá por el siglo IV. El gran reto que se plantea en estos momentos deriva precisamente de las resistencias y errores del pasado. Muchas de las estructuras y postulados sociales que se consideran esenciales para la supervivencia del cristianismo tienen que ver más bien con la cultura judía, grecorromana y germánica en que se desarrolló y expandió el cristianismo. Históricamente se ha producido una fusión entre esquemas filosóficos y teológicos que ha derivado en considerar como naturales cosas que no lo son tanto, y los ejemplos al respecto se multiplican. Por citar uno, recordemos que la Iglesia se opuso a la doctrina de los derechos humanos hasta bien entrado el siglo XX y ahora es uno de sus máximos defensores a nivel planetario. Hay que reconocer que ciertas valoraciones que pueden parecer obvias desde el propio punto de vista pueden no serlo tanto desde la óptica ajena. Si el mundo no nos escucha, ¿no será porque estamos respondiendo a preguntas que nadie se formula o con esquemas descontextualizados? Bien sabemos cuán fácilmente se resisten a escuchar el evangelio aquéllos que se consideran sus dueños. La doctrina católica no puede aferrarse a cosmovisiones caducas. Cuando Eusebio de Cesarea consideraba al Imperio Romano reflejo fiel del Reino de Dios en la tierra, no actuaba como historiador ni como teólogo, sino como simple adulador del emperador. No es extraño que la Iglesia o ciertas porciones de ella se acaben maridando con un régimen o partido concretos por motivos de comodidad para sus funciones, pero la historia enseña que, antes o después, esto sólo redunda en daño de la propia Iglesia.