EL NACIONALISMO partidario parece que tiende a estabilizarse. En el momento constituyente tuvo un claro protagonismo a través del ponente catalán en la Constitución. Fue decisivo para la elaboración de los estatutos catalán y vasco. Eran los titulares de la marca, que prestaba, de algún modo, legitimidad a la iniciativa autonómica. La deferencia hacia los nacionalistas se puso de manifiesto en la gobernación del País Vasco. No fue cuestionada por otros partidos, y fue compartida durante años con los socialistas. El largo período de Jordi Pujol al frente de la Generalitat constituye otra muestra de la relevancia del nacionalismo en el primer cuarto de siglo constitucional. La política de confrontación de la segunda legislatura de Aznar fortaleció al PNV, impulsó la reivindicación nacionalista de CiU y catapultó el crecimiento de ERC. En definitiva, la radicalización nacionalista sobre el modelo de Estado. El PNV se mantiene en el País Vasco. CiU retrocede y los socialistas catalanes han tomado el relevo del gobierno y de la reinvidicación, empujados por ERC. En Galicia el BNG, después de ir subiendo desde las primeras elecciones hasta convertirse en la segunda formación política, ha descendido a favor del PSdeG. Las pasadas elecciones europeas han sido un reflejo de esa realidad. De ahí que pueda deducirse que el nacionalismo ha alcanzado un techo. El funcionamiento de las comunidades autónomas algo ha tenido que ver en ello. No existe tanta dependencia del nacionalismo para la defensa, no ya de los intereses, sino de la identidad misma de Galicia. La teoría de Ramón Piñeiro ha dado sus frutos, al impregnarse de galleguismo , en mayor o menor medida, los partidos no nacionalistas. Basta repasar los boletines del Congreso de los Diputados correspondientes a los debates sobre la Constitución o declaraciones coetáneas a las propuestas y observaciones del Partido Popular de entonces -bajo las siglas de Alianza Popular o de Coalición Democrática- para comprobar el notable camino recorrido. El contrapunto nacionalista es hoy menos necesario. El ideal que encierra tenderá a ser menos seguido, en la medida en que parte de sus valores sean asumidos realmente por los competidores. Las últimas elecciones generales pudieron constituir, en ese sentido, una sorpresa y una decepción. Tal vez, marquen una dirección. El nacionalismo es, por naturaleza, dialécticamente radical. Por motivos tácticos pondrá sordina a sus aspiraciones. A nadie debe extrañar que reclamen soberanía o algo equivalente, por ejemplo, ser Nación, dentro de o sin Estado. La moderación descansará en el modo de expresarse o de actuar, que no es poco. Puede propiciarse que se comporten así. Resulta excesivo, sin embargo, reclamarles que renuncien a sus convicciones profundas. En ello estriba su fuerza y su límite para el arrastre electoral. De ahí el techo que se avizora que dependerá, en parte, del comportamiento de sus rivales.