La vuelta de la tortilla

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

01 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EMMA García, que es una guapa presentadora de Tele 5, volvió ayer a su programa. Sus primeras palabras han sido para mostrar su asombro por lo que España había cambiado en agosto: cuando se marchó de vacaciones, Eugenia Martínez de Irujo y Fran Rivera estaban a punto de reconciliarse. A su vuelta, no sólo han roto, sino que Fran Rivera se hizo novio de Carla Goyanes. Sólo faltó añadir la frase de Alfonso Guerra: en treinta días, a este país «no lo conoce ni la madre que lo parió». No pretendo estropear tan bella imagen del cambio español con anécdotas menores, pero ¿recordáis lo que pasaba hace un año en la misma España? Todos estábamos saludando emocionados el estreno de Mariano Rajoy como sucesor de Aznar. Nos parecía, al menos a mí, una decisión política llena de sabiduría, llamada a eternizar al Partido Popular en el poder. Y ya veis: un año después, Rajoy le tiene que pedir audiencia a quien entonces era un seguro perdedor de las elecciones, Rodríguez Zapatero. Por si esto fuera poco como síntoma, el PSOE gobernante está pactando los Presupuestos del Estado con Esquerra Republicana de Cataluña y con Izquierda Unida. Es decir, con el partido cuyo líder fue condenado a las tinieblas por verse con la dirección de ETA y con un resto del comunismo, condenado a su vez por no hacer más política que la «política de pancarta». Si Aznar contempla esta actualidad, tiene que estar recordando al bardo gallego que puso estas palabras en boca de Dios: «Si éste es el mundo que yo hice, que el diablo me lleve». Me parece una situación apasionante. Estamos, por una parte, ante la edición nacional del tripartito catalán, aunque sin reparto de cargos. Pero estamos, sobre todo, ante el primer ensayo de una política de izquierdas. Por primera vez en los últimos 75 años, los grupos parlamentarios más izquierdistas (alguno de los cuales todavía usa la palabra «revolución») participan en el diseño de la política económica del Estado. Es decir: la condicionan para darle su voto en el Parlamento. Si hay acuerdo final, habremos pasado en sólo unos meses de una gestión rabiosamente liberal a una política del signo contrario, aprobada por grupos hasta ahora marginales. ¿Cómo puede terminar esto? Supongo que sin sobresaltos: los dineros públicos disponibles no permiten grandes alteraciones. Las grandes partidas están comprometidas. Lo único que pueden hacer los políticos que pactan es dar un tinte determinado a las cuentas del Estado. Pero no me digan que no tiene encanto morboso ver a los diputados de Carod-Rovira dando el visto bueno a las cuentas de la Casa Real. Y me gustaría ver los gestos de los banqueros, cuando ven a Llamazares condicionando las prioridades económicas.