NUESTRO síndrome postvacional tiene nombres y apellidos. Se llama Manuel Fraga. Conforta que en un contexto en el que de 48 años para arriba todo españolito espera que le sorprendan con una prejubilación, resulte posible abrir la espita y acariciar la esperanza de que con 82 años podremos aspirar a todo. Como siempre por esta época, algunos medios nos cuentan la aventura septembrina. Cuatro de cada diez españoles padecen síndrome postvacacional y se sienten rematadamente mal, cuando buen número de sicólogos sostienen que se trata solamente de un leve trastorno. La sociedad moderna es lo que tiene, permite toda clase de lujos. Por ejemplo, saltar de alegría porque los muertos en las carreteras gallegas se han reducido en un 27 por ciento, aunque quedan cientos y cientos por redimir de lo irremediable. O nos modernizamos tanto que en los museos de arte contemporáneo no nos atrevemos a considerar carrito de limpieza -como hizo Blanco Valdés y contó en estas páginas- lo que no es otra cosa, aunque con título rimbombante. O esos enfermos de su honra que consideran una maldición que después de las vacaciones venga el trabajo -¡para cuantos sería una bendición tenerlo!-, pero regresan con entusiasmo al mundo no menos reglado del fútbol. Dicen que horroriza a los del mentado síndrome la vuelta a la rutina. Leo en unos grandes titulares: «Me gusta tener siempre todo controlado, sea lo que sea», y digo, ¡tate, falou Fraga!, pero mi decepción es grande al comprobar que se ha apropiado de su lenguaje Tom Cruise. Algo cambia. Tengo la sensación de que para muchos gallegos, septiembre, aún enfrentándonos de nueva a la rutina, no trae el síndrome postvacacional sino la profunda duda de cuándo podrán conceder vacaciones a Manuel Fraga.