DOS MUNICIPIOS que hasta ayer tenían en común tan sólo su letra inicial. Dos municipios coruñeses situados en las Rías Altas, en ese extenso frente litoral que algunos creemos posible recuperar. Dos geografías humanas diferentes, muy diferentes, pero dos exponentes reales de cómo se puede construir el futuro de otra manera. En uno, en Oleiros, la tenaz resistencia de un alcalde acosado, asediado, abatido a veces por la presión especulativa inmobiliaria y quienes la representan, que ha logrado construir el territorio local más y mejor ordenado de Galicia, el urbanismo más profundamente pensado del país, la mayor calidad de vida para los que tenemos la suerte de vivir allí, aunque sólo sea a tiempo parcial. Tal vez sean las notas sublimes de ese violín con el que, en campaña electoral, consigue cautivar a mi suegra, las que permiten eludir los malos espíritus acechantes. Con todo, es un caso ya muy mentado. Más reciente es el caso de Ortigueira Allí, un conocido empresario decidió un día implicarse en la política local, porque su cariño al lugar le dolía, y con una velocidad de vértigo, en tan sólo cuatro años, transformó la hermosa villa en un enclave urbano renovado. Y lo mismo hizo con el borde litoral. Con el sanemainto, el urbanismo, la ordenación de los diferentes núcleos del municipio (le queda en el desván el puerto de Espasante). Una circunstancia que añade nuevas razones al hermanamiento de los dos municipios cuyos nombres empiezan por la misma letra. Ambos han alcanzado el doctorado en gestión local, como ayer lo hizo Allariz y al que mañana otros deberían aspirar. Es lástima que en la línea que une a Oleiros con Ortigueira las patologías territoriales y el feísmo vayan en aumento. El nefasto ejemplo del actual desarrollismo ferrolano cunde en su entorno; el desestructuralismo urbano avanza en Miño, cuya barra dunar se destroza cada día un poco más; en Sada, a todo ello se añade la corrupción política y urbanística, la destrucción del borde litoral, y el descuido medioambiental. Sólo faltaba ahora que Pontedeume se lanzara hacia el mal camino. Una enorme pantalla constructiva, de dudosa legalidad según algunas versiones, ha logrado unir la actuación del promotor, del arquitecto y del político local correspondiente para obstruir uno de los mejores miradores naturales sobre la ría y la playa de Cabañas, y a la vez introducir un factor visual disonante si se mira desde el mar o desde el otro lado de la ría. Antes ya se había hecho algo así en la subida del Monte Breamo, ahora le tocó a la carretera de la costa. ¿Y mañana? No estaría de más que al pensar en el mañana, si es que realmente hay a quien le importa de verdad, se mirara hacia Oleiros, hacia Ortigueira, donde está quedando impreso de una manera visible lo que una buena gestión de la política local puede hacer. Los demás debieran aprender de ellos, como antes los orensanos aprendieron, con mayor o menor fortuna, de Allariz. En las Rías Altas, dos municipios han alcanzado el doctortado, ahora los demás ya no podrán decir que no tienen un ejemplo hacia donde mirar, un caso real en el que aprender. Yo me ofrezco a organizar visitas guiadas si para ello fuera requerido, pero me parece que no es necesario. Basta con convencerse de que lo global se puede gestionar desde lo local, que el país se puede construir desde la base y que no todo se reduce a las grandes actuaciones, porque una vez más lo pequeño es hermoso. Es una cuestión de poner los valores sobre los contravalores; aunque éstos muestren su engañoso rostro del rendimiento inmediato, porque cualquier aspiración noble ha de pensar en rendimientos a largo plazo. ¿Y habrá algún rédito mejor que transferir una Galicia sostenible?