LA CRISPACIÓN no deja de acompañarnos. Como una sombra que oscurece la convivencia. No ha de resultar sorprendente que se haga un elogio de la moderación. Más allá de las sensatas recomendaciones que, en la vida cotidiana, se hacen sobre el tráfico. Se está yendo con una excesiva velocidad en declaraciones y anuncios de reformas que se pretende acometer. Así no resultan sorprendentes las rectificaciones, que originan desorientación, perplejidad, desencanto o rechazo, incluso violento, como acaba de suceder con Izar. ¿No podría haber sosiego y mayor reflexión acerca de las consecuencias que conlleva la custodia compartida de los hijos en la anunciada reforma legal del divorcio? Da la impresión de que estamos presenciando una carrera en la que se trata de adelantar, naturalmente por la izquierda, la etapa política anterior, que se aparece como un obstáculo a salvar. Se acelera y se rebasa. Los adelantos continuos exigen nuevos acelerones y el riesgo de la maniobra crece. Se salva una situación con una promesa que no es fácil de mantener. Se contenta al interlocutor de turno y al siguiente y a los sucesivos. El previsible choque de expectativas contrapuestas puede momentáneamente esquivarse con un hábil volantazo. ¿Cuántas veces se repetirá la maniobra sin que se produzca un batacazo, por mucha que sea la pericia del conductor? Hay demasiada prisa por superar el pasado. Constituye una referencia excesiva como herramienta para la confrontación partidaria. Se trasluce en cómo se interpreta la comisión parlamentaria sobre el 11-M. Mirando hacia delante, lo que importa es conocer por qué ocurrió, qué habría que remediar y mejorar. El 11-S en EE.?UU. fortaleció a un presidente discutido. Aquí provocó un cambio en la gobernación del país. Esas consecuencias son objeto de un análisis que se mezcla con la indagación del atentado y atiza la beligerancia. En otro contexto, la comparecencia del expresidente del Gobierno resultaría menos conflictiva. Un talante centrista, también en el lenguaje, no vendría mal en la coyuntura que atravesamos y que no tiene visos inmediatos de variar. Hay que frenar a tiempo para poder dialogar después. En la escena internacional las perspectivas no son mucho más alentadoras. Guerras preventivas, guerras larvadas, guerras no delimitadas territorialmente, postguerras interminables. Cuando se celebre su Asamblea General, la ONU comprobará hasta qué punto no refleja fielmente su nombre. La brecha entre Islam y Occidente se ahonda. El fundamentalismo se atrinchera contra la libertad religiosa. En el interior de aquél se está librando ahora una cierta pugna ideológica entre radicales y moderados. Como ciudadano del mundo y occidental, me gustaría que la balanza se inclinase del lado de los segundos. Una razón más, y de fondo, para elogiar la moderación.