EL SECRETARIO General de la ONU, Kofi Annan, ha ido debilitando su imagen al compás de las frustraciones de la organización que dirige. Sus dudas y cautelas iniciales ante la invasión de Irak le han pasado inevitablemente una altísima factura. Todavía a mediados del pasado año sus declaraciones estaban llenas de tibieza, sin atreverse a desautorizar de plano la operación bélica. Ahora, cuando ya el conflicto se desangra hacia la guerra civil, Annan ha dicho sin eufemismos que la invasión fue ilegal. Por ello es explicable el revuelo y la sorpresa que ello ha provocado en la coalición de Bush. Y puede ofender pero no ha de extrañar tampoco que el embajador estadounidense ante la propia ONU le «aconseje» ahora que se esté callado. Las palabras claras y a su tiempo no hubiesen evitado la guerra, pero habrían cuando menos mantenido el prestigio de una organización que hoy por hoy languidece a la búsqueda de la perdida autoridad moral.