LA EVOLUCIÓN de los sistemas de transporte ha llevado a una continua adaptación de las infraestructuras. Si miramos hacia el pasado vemos, en una corta retrospectiva, que primero fueron los puertos, después el ferrocarril y más recientemente las autopistas y los aeropuertos. Desde el último tercio del siglo pasado se sumaron los trenes de alta velocidad (como el TGV francés o el tren bala japonés) que hoy se construyen en todas las regiones para reducir la saturación de los aeropuertos. También las autopistas están saturadas y, siguiendo la misma lógica, se está pensando en potenciar de nuevo los puertos para dar prioridad al transporte marítimo sobre el de carretera, lo cual a su vez tendría decisiva influencia en el ahorro energético, en la calidad medioambiental y en la disminución de la dependencia del petróleo. A ello se añaden las nuevas técnicas del transporte marítimo que en algunos países se están aplicando. Consecuencia: todas las ciudades portuarias están empezando a adaptar sus infraestructuras para convertirlas en centros logísticos de alta capacidad. Así es como los puertos exteriores se pusieron de moda. Miremos, por ejemplo en el Cantábrico. Bilbao está ampliando los diques y las plataformas de su puerto exterior; lo mismo hace Gijón, y en Pasajes está proyectado un nuevo puerto exterior. En Galicia esta andadura se inició en Ferrol, pensando primero en la ubicación de la planta de gas y después en otros usos, preferentemente contenedores. Así llegó también la hora de A Coruña, propiciada por lo del Prestige . Las razones son varias. Los tráficos actuales no son compatibles con la calidad medioambiental, tanto que de no remediarse podría llegarse a la clausura del puerto. La terminal petroquímica y un oleoducto que atraviesa la ciudad es otro riesgo cierto. La frecuencia de catástrofes marítimas y el riesgo de que una de las principales autopistas marítimas del mundo pase por el frente de Galicia demanda una instalación de seguridad y de refugio. También se necesitan grandes superficies para plataformas logísticas y empresariales. Son todas ellas razones de peso. Las alternativas de ubicación son pocas y el puerto exterior de Ferrol no puede dar respuesta a las necesidades de la dársena coruñesa. Pero hay una razón más. El nuevo escenario del transporte marítimo demanda puertos con nuevas capacidades en la fachada europea. Francia está preparando el suyo, y Portugal también. Lógicamente los gallegos debemos aspirar a posicionarnos con la ventaja de nuestra situación marítima. Esa oportunidad estratégica concierne a los puertos exteriores de Ferrol y A Coruña. Más tarde o más temprano, y cuanto antes mejor, ambas dársenas deberán formar parte de un mismo organismo portuario, como ambas ciudades deberán conformar una región urbana única. Ese es el horizonte de futuro: la cooperación y la coordinación para poder competir en un mundo global. Las demás razones me recuerdan nuestras clásicas confrontaciones localistas que lo único que hicieron fue dar ventaja a los competidores. O nos posicionamos en la fachada atlántica europea o perderemos una vez más una oportunidad estratégica. Los puertos exteriores de Ferrol y A Coruña son los dos pivotes para ese proyecto, para ese puerto que los romanos denominaron el gran puerto ártabro . Como vemos, la idea no es nueva: ¿no les parece?