EL CURSO POLÍTICO se inició el seis de septiembre con el discurso del Presidente Rodríguez Zapatero ante los mineros en Rodiezmo (León) y su promesa de subir las pensiones mínimas un 6 por ciento. Después de este anuncio que también pilló desprevenido al Gabinete, la agenda de otoño se ha abierto por unas páginas en las que están escritos los tres bloques de iniciativas del Ejecutivo para la legislatura: economía, sociedad y política. Para los tres hará falta dinero, algo que no crece al ritmo deseado por el vicepresidente Solbes, aunque será en los dos primeros donde a Zapatero se le acabe pronto el tiempo de las promesas y deba pasar a los hechos. En apenas tres semanas hemos presenciado la petición de Maragall de que los Presupuestos Generales del Estado se negocien con la Generalitat de Cataluña para que reciba lo que el quiere y no lo que decida el Parlamento, luego la polémica en la familia socialista tras abrir la caja de los truenos Rodríguez Ibarra, ofreciéndose a «frenar» a las autonomías que pretenden el «pillaje» y «dividir o erosionar el territorio español»; a renglón seguido la declaración presidencial pidiendo la salida de todas las tropas de Irak, más tarde la polémica sobre el precio de los libros escolares, casi a continuación la equiparación entre catalán y valenciano del ministro Moratinos y aún con el resuello al trote el compromiso de Zapatero de salvar los astilleros públicos y la respuesta inmediata de sus trabajadores: ¡a las barricadas, compañeros, que nos cierran! La filosofía económica y social del Gobierno se verá en los Presupuestos Generales, de lo que cada día sabemos algo más, pero no su letra menuda, y en lo tocante al modelo de Estado y la concepción de España habrá que esperar más tiempo para comprobar si las reformas en la Constitución se refieren solo al Senado, la sucesión a la Corona, los nombres de las comunidades y la inclusión de la Constitución europea, y que las modificaciones de los estatutos de autonomía estarán en el marco constitucional. El ruido en las filas socialistas y la algarabía en las nacionalistas e independentistas (penúltimo acto el desplante parlamentario de los nacionalista al secretario de Estado para el Deporte por la «falta de voluntad política» para que las selecciones deportivas autonómicas participen en competiciones internacionales) hace presagiar un resultado distinto y no contribuye a serenar los ánimos sino a corroerlos y a encrespar unos tiempos que requieren templanza y sobre todo acuerdos firmes en pocas pero fundamentales materias entre el PP y el PSOE, aunque el primero ande noqueado y enzarzado en luchas internas previas al congreso y el segundo necesite a los independentistas de ERC para gobernar en Cataluña con su marca PSC y no andar escaso en Madrid con sus siglas históricas. Al fin y al cabo todo se reduce a una cuestión de tiempos y aunque cada uno los mida a su manera cada vez huele más a adelanto electoral en Cataluña y en Madrid a la vuelta de treinta meses.