Adiós, Françoise

OPINIÓN

28 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

FRANÇOISE SAGAN se pasó toda la vida haciendo lo que le dio la real gana. Fue su forma, tenaz y obstinada, de reivindicar la libertad, la de todos en general, pero sobre todo la suya en particular, como ser humano y específicamente como mujer. François Mauriac le llamó «pequeño monstruo encantador», otros simplemente la tildaron de «caprichosa y vana», pero quienes mejor la conocieron y la amaron supieron de su talento y comprendieron su pasión por una vida que consumió con la vehemencia de quien quiere aprovecharla al máximo, extrayendo de ella lo más interesante, lo más intenso, aunque muchas veces esto no fuese lo mejor ni lo más sensato. La historia de Françoise Sagan es la de una muchachita que publicó un libro titulado Bonjour tristesse ( Buenos días, tristeza ) a los 18 años, vendió un millón de ejemplares y se convirtió en una figura literaria extraordinariamente popular. A partir de ahí quizá su vida real se convirtió en la oportunidad de protagonizar su propia novela. Siguió escribiendo y publicando libros que, sin una gran profundidad de análisis, sí acertaban a retratar una sociedad burguesa que conocía bien y en la que cada vez se sentía más transgresora, también en su coqueteo con las drogas o en los excesos de velocidad con los coches. Simplemente porque creía que se lo debía permitir. Sartre, Mauriac y otros intelectuales franceses, que percibieron en su llegada una bocanada de aire fresco, pronto le retiraron el respaldo. En realidad, su vitalidad estaba más cerca de la de James Dean, Brigitte Bardot o Allen Ginsberg que de los sesudos intelectuales franceses. Lo cierto es que, entre matrimonios fracasados y aventuras avecindadas en la futilidad, su estrella se fue apagando, y su literatura dejó de interesar. Murió el viernes en Honfleur (Normandía), a los 69 años, y fue enterrada ayer. Y tuvieron que ser hombres como el presidente Jacques Chirac o el ex ministro de Cultura Jack Lang los que nos recordasen que esta mujer encarnó en un tiempo la imagen viva y creativa de Francia en el mundo. Algo que ella hubiera rechazado por políticamente correcto. Pero ya se sabe que nadie controla su posteridad.