Galicia con cicatrices

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

PILAR CANICOBA

29 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

REGRESABA ayer en avión adormilado por la hora y por la sequedad otoñal del paisaje meseteño. De repente, al mirar por la rayada ventanilla, otro paisaje más ameno me sorprendió: el viejo zócalo galaico. Resquebrajado por la tectónica y cubierto por una continua cobertera vegetal que el sol iluminaba, tiñendo de esmeralda los prados de las laderas. Aquí y allí empezaban a guiñarme el ojo los pueblos y las villas en un repetido juego de adivinanzas, en el cual yo tenía que identificar cada una de esas pequeñas aglomeraciones de casas que organizan y dinamizan nuestras comarcas... El sopor de la primera tarde ya quedaba superado pero en su lugar se instaló un desasosiego alporizador. El paisaje gallego tiene cada vez más cicatrices. Unas veces son las innumerables canteras que se suman a los restos de explotaciones mineras abandonadas o con escasa utilidad. Otras, las pistas forestales no integradas en el paisaje. También las carreteras y autopistas que rasgan la faz amable del verdor con tajos, rellenos y desmontes no restituidos. Más modernos son los parques de molinillos que, abandonados a su implantación inicial generaron en su entorno alteraciones en amplios espacios naturales, tanto en superficie como en la perspectiva visual de la escena. Caminos, desmontes, desbroces, rellenos y todo tipo de suertes que fueron necesarias quedaron como lo dejaron las obras. Nadie exigió ni se preocupó de la restitución del paisaje. Quise volver al sopor, porque al menos me evadía en su dejadez, pero ya no pude. Los que como yo sentimos a Galicia desde dentro, y que somos mayoría, no podemos, no queremos, quedarnos inertes ante tanta destrucción. Tal vez a los tecnócratas y a los políticos de ocasión de las diversas administraciones implicadas, o a los consentidores locales con su egoísta visión a corto plazo, la cuestión les suponga menos. O a lo mejor es que de tanto estar en los despachos y de tanto ir a prisa por las carreteras, siempre insuficientes para sus velocidades y urgencias, no pueden ver a Galicia de cerca, no pueden escuchar los quejidos del paisaje. Ni tampoco los otros. Pero lo más preocupante de todo, al menos a mí me lo parece, es constatar que todo esto no es resultado de la casualidad, sino que se trata de un hecho derivado de una mentalidad anclada en el pasado, como es que entre nosotros, entre nuestros gobernantes, siga dominando una mentalidad desarrollista, en la cual todo lo que suponga crecimiento económico a corto plazo tiene patente de corso. Aunque ese crecimiento sólo se note a veces en los bolsillos de los implicados. Una resurrección del laissez faire del siglo XIX. Hoy, cuando del mundo desarrollado habla de sostenibilidad, cuando la filosofía y la práctica del desarrollo arrumban otros caminos, cuando el avance se mide más en la calidad que en la cantidad, cuando lo menos es más, entre nosotros sigue imperando la visión economicista del ayer. Cuando en otros lugares se rechazan proyectos por no ser compatibles con el medio, aquí el desarrollismo sigue aferrado. Mi casual compañero de viaje me hablaba de un proyecto piscícola, rechazado en otra comunidad por agredir al medio marino, que se quería instalar en un tramo protegido de la costa gallega recientemente recuperado. Era una decisión en la que mi amigo implicaba a políticos de diferentes ámbitos. Si este comentario fuera cierto, y bien pudiera serlo, la situación sería peor, porque entonces una mentalidad poco evolucionada estaría asociada a una práctica política rechazable. Sea lo que fuere. El hecho cierto es que el paisaje gallego está lleno de cicatrices, que son heridas a nuestra identidad, a nuestra autoestima, a nuestro futuro. Un cambio en el pensar, en el hacer y en el mandar parece necesario. Incluso desde el avión.