La matrícula como problema

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

29 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

SIEMPRE dije que el Plan Ibarretxe no tiene futuro, y que es imposible avanzar hacia la modernidad sobre una interpretación del hecho nacional ya en desuso. Pero mi espíritu tolerante y relativizador me permitió convivir sin angustias con los vascos, hablar libremente con el propio lendakari, y fiar mucho más de la ley y del voto responsable que del intento de levantar una cruzada contra el nacionalismo. También estoy convencido de que el discurso catalán empieza a ser más farragoso y poético que las Doloras de Campoamor, y que difícilmente va a concitar el entusiasmo de los que queremos construir Europa sin categorías sociales ni territoriales. Pero le agradezco a Maragall el haber quebrado aquella entelequia de la España «una, grande y libre» que subyacía en el discurso de Aznar, y el haber demostrado que es más exacta la historia discutible que la que nadie discute. Lo que no puedo aguantar, y lo siento, es a los colegas de CiU, que a estas alturas de la película me salen con la chorrada de regionalizar la matrícula de los coches, para dejar muy claro de donde viene y a donde va cada uno. En realidad acabo de cambiar de coche. Pero no lo hice por presumir, ni porque el anterior funcionase mal, sino para sustituir la placa C-2393-BK por otra deslocalizada, invento del PP, que me permite viajar con una intimidad que nunca había disfrutado. Es posible que Artur Mas y Carod-Rovira tengan razones de peso para esta regresión aldeana a las matrículas de siempre. Pero yo no quiero volver a una placa que delate mi origen, y que, ya sea en Burgos, París o Antequera, me identifique como miembro de una tribu que clasifica a sus políticos por boinas y birretes y genera una elite dirigente compuesta por Baltar, el hijo de Baltar, y una panda de amigos de Baltar que, según López Veiga, se enriquecieron con la política. No quiero que me miren como un ciudadano raro cuando paro en los semáforos, o que me hagan bajar la ventanilla para preguntarme por Fraga y decirme que en Galicia se come muy bien. No me gusta que me miren con compasión a causa de la matrícula, ni que los papás me apunten con el dedo para enseñarle a los niños como son esos votantes gallegos que hacen posible la mayor opereta de occidente. Ya sé que hay cosas muy serias de las que hablar estos días. Pero me temo que la polémica sobre la matrícula constituye una visión paradigmática del debate que se lleva por los andurriales de España. Por eso me niego a viajar en un coche que me delate como habitante de la reserva política de la Península, y, antes de que me obliguen a ponerle una G, prefiero comprar otro coche en Portugal. ¡Y menos mal, que nos queda Portugal!