02 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

SÍ, HAY POLÍTICOS que de pronto dejan de existir. No desaparecen, no se retiran, no se van. Sencillamente es como si, aun estando, no estuvieran. Adolfo Suárez pasó, por ejemplo, a inexistir mucho antes de que aquel fantasmal CDS embarrancara, y sólo volvió a estar entre nosotros cuando fue elevado por su calvario familiar a las cimas del cariño general que siempre quiso tener y nunca tuvo. También Alfonso Guerra dejó de existir como político tras abandonar la vicepresidencia del Gobierno, y, aunque todavía siga pululando por los sótanos de la vida pública española, es ya tan sólo un alma en pena. Uno y otro sufrieron, como pocos, ese síndrome terrible que hace que quien un día gozó de un atractivo arrollador, o de una prodigiosa habilidad para acertar a decir lo justo en el momento adecuado, de pronto pierda pie y se convierta en un ser políticamente inexistente. Cervantes dedicó una de sus novelas ejemplares a un hombre que se creía de cristal: El licenciado vidriera . Los políticos que dejan de existir pasan a ser como de corcho. Y de eso, puro corcho, parece estar hecho Mariano Rajoy desde la noche aciaga en que hubo de enfrentarse a lo único para lo que no estaba preparado: a una derrota electoral. Desde entonces, y salvo rayos de luz ocasionales, Rajoy sólo inexiste. Tanto que a su actuación pueden aplicársele muchos de los sinónimos del vocablo inexistente: irreal, ilusoria, ficticia, nula, ineficaz, inefectiva. Aclararé, de inmediato, para quien pudiera creer que escribo una diatriba anti-Rajoy, que no soy de los que lo tienen por un mediocre incompetente. Creo, por el contrario, que por su preparación profesional, capacidad intelectual y habilidades de hombre público, Rajoy está muy por encima de la media de una clase política española en la que ser una medianía en todos los terrenos augura un éxito casi seguro y fulgurante. No, no pretendo meterme con Rajoy: señalo únicamente que ni la compleja renovación de su equipo directivo, ni el difícil aggiornamento de las líneas maestras de su oferta programática serán suficientes por sí solas para sacar al PP de su marasmo. Todo eso no servirá de nada si Rajoy sigue empeñado en hablar como si lo hiciera con la intención de que nadie escuche sus palabras. Cuenta la leyenda que se paseaban Ortega y Unamuno por el claustro de la Universidad de Salamanca, cuando don Miguel, constatando que las pocas alumnas que pasaban no se fijaban en ellos para nada, dijo a don José: «¿Se ha fijado usted en que no nos miran?», a lo que el otro contestó: «No es que no nos miren, es que no nos ven». Eso le sucede a Rajoy desde hace seis meses, dos semanas y seis días: que incluso los que intentan mirarlo no lo ven.