Un piano al atardecer

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

06 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

LA TARDE era gris, la luz metalizaba el paisaje, la tenue lluvia aletargaba el ánimo. Era la de ayer una tarde otoñal. Un otoño en el que, además de la caída de las hojas que el ritmo de las estaciones nos trae, otras muchas cosas están cayendo. Son caídas que nos hacen pensar en nuevas primaveras, aunque antes hayamos de atravesar rudos y desapacibles inviernos. En estos pensamientos iba ensimismado cuando un leve tropezón me devolvió a la realidad otoñal. Era la villa, una de tantas villas gallegas, una de esas pequeñas ciudades que aportan al país el equilibrio territorial que precisa. Era una cabecera de comarca, de esos espacios geográficos dotados de fuerte identidad territorial y colectiva y que son piezas básicas para articular ese viejo modelo de la Galicia Única superadora de los localismos. Otra vez, al pensar en esto, el futuro volvió a hacerse otoñal. El lento divagar de la tarde me situó frente a una de esas personas que, con su trabajo e iniciativa, contribuyen a construir esa Galicia del futuro. Un hombre a quien le hubiera gustado leer más, saber más, conocer más, pero su historia personal y su proyecto vital apenas se lo habían permitido. Otro era el saber, para mí admirable, que sus palabras transmitían. Una empresa familiar que, basada en su inquietud, iniciativa y trabajo, había logrado situar en la línea del éxito, codeándose con las mayores y mejores del mercado. Con todo, aún le quedaba tiempo, y sobre todo ilusión, para aprender a tocar el piano. Era un entusiasta pianista en el comienzo del otoño de su vida. Otro fogonazo me despertó de mi sopor otoñal. De nuevo un emprendedor, como ahora se les llama, que, al contarme su historia, me hizo percibir otra trayectoria vital. Se había convertido en un experto en subvenciones públicas, esas que las administraciones dan a los que seleccionan utilizando el dinero que nuestros impuestos ponen en sus manos. Los de mi pianista otoñal también. La actividad del emprendedor era una carrera de obstáculos, porque una subvención llevaba a la otra, porque ninguna le llegaba, o a ninguna había logrado sacar partido. Él ya había hecho bastante: era un emprendedor subvencionado. Claro es que después, la Unión Europea se muestre preocupada por la forma en que tantas subvenciones se malgastan; claro es que también muchos dudamos de la rentabilidad social y económica de tantas subvenciones; claro es que ya sabíamos antes, por experiencias de fuera, que una política basada en las subvenciones termina por inhibir el espíritu de riesgo que el mundo de la empresa requiere. Y que el avance social demanda. Claro es que las políticas subvencionadoras aportan muchos beneficios a los que las otorgan, a los que las perciben y a los que viven de ellas. Y a las organizaciones políticas, sindicales y empresariales también. Claro es que no suele haber entre ellos ni políticos brillantes, ni sindicalistas comprometidos, ni empresarios innovadores. Es tan sólo una manera de mantener el sistema. Un sistema tan poco estimulante como la luz otoñal que me apacigua. Bien sé que después de los jirones de tristeza del otoño y de los guiños de luz invernal, Galicia y yo mismo volveremos a encontrarnos con la luz de una nueva primavera. El sonido del piano envuelve entonces mi pensar, y las vitalistas y armoniosas notas del pianista otoñal me consuelan.