Datos y pruebas

OPINIÓN

15 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

HAN PASADO casi dos meses desde que el presidente de la Unión Sindical de Controladores Aéreos (USCA), Juan María García Gil, declaró a la agencia Servimedia que cuando vuela va «acojonado» (sic) y la Fiscalía General del Estado continúa inane y mirando para otro lado. Por lo visto en este país sale gratis que el presidente de los controladores aéreos, el único cuerpo que tiene encargado por ley el control del espacio aéreo civil y por ende la seguridad del tráfico en los cielos españoles, afirme tajantemente que la seguridad de los pasajeros no está garantizada, pero se arma la tremolina cuando el fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Eduardo Fungairiño, contesta con retranca a las preguntas de una ilustre señoría miembro de la eficaz comisión parlamentaria de investigación sobre el 11-M. En países con más rigor y respeto al ciudadano, el fiscal habría llamado de inmediato al interfecto para que demostrase con datos y pruebas que hay inseguridad en los firmamentos patrios y si es así paralizar de inmediato el tráfico aéreo hasta restablecer los niveles de seguridad fijados por los organismos nacionales e internacionales. Y en caso de que hubiese mentido se le habría condenado judicialmente por haber sembrado el miedo entre los ciudadanos y dejado al Estado a la altura del betún frente a sus responsabilidades y compromisos. En España la respuesta ha sido el silencio y hasta la chanza, pero eso sí, las educadas contestaciones de Fungairiño a las preguntas del insigne representante de la Chunta Aragonesista, interesado en saber si el fiscal jefe conoció, y en caso afirmativo cuándo, la existencia de una furgoneta con detonadores y cintas coránicas, han hecho correr ríos de tinta y horas de grabación con la petición airada de varios grupos parlamentarios para que el fiscal general del Estado abra expediente y sancione por desacato a un hombre en silla de ruedas a quien este país debe tanto y durante tanto tiempo por su abnegada lucha contra la vesania terrorista etarra. Ciertas señorías parlamentarias pretenden obtener de los demás el respeto a su cargo haciendo previamente el bufón y sin caer en la cuenta, como dejó dicho Baura, de que primero hay que hacer honor al sayo para después exigir de los otros el respeto debido al talle.