POR SI quedaba alguna duda, el complot criminal descubierto el lunes en varias ciudades españolas acaba de confirmarnos lo peor: que el terrorismo islamista ha venido para quedarse, y que el combate contra el mismo se ha convertido ya en uno de nuestros más complejos desafíos. Y es que el descubrimiento de que un grupo terrorista planeaba volar la sede de la Audiencia Nacional elimina de raíz dos expectativas que sólo aquellos que nada saben del islamismo radical seguían aun alimentado: la de que los horribles atentados de Madrid fueron sólo una acción reactiva de castigo por la presencia de las tropas españolas en Irak. Y, en consecuencia, la de que su retirada habría conseguido apaciguar al islamismo radical y librarnos hacia el futuro de sus zarpazos criminales. El hecho de que esas hipótesis fueran el resultado de una irresponsable candidez o de una ventajista tentación de servirse de los atentados de Madrid para hacer política de parte es algo que ahora, con ser importante, ha pasado ya a un segundo plano. Pues, desde el lunes, debería ser evidente para todos lo que ya lo era antes del lunes para quienes han estudiado el fenómeno del terrorismo islamista con solvencia: que su guerra contra el Gran Satán occidental es una guerra de principios contra un orden social secularizado y democrático, cuya extensión amenaza, por la base, una visión del mundo en la que todo empieza y todo acaba en la ortodoxia fundamentalista de los clérigos. Por eso es igual matar a uno que a un millar; y es igual hacerlo en Bali que en España: porque, para el islamismo radical, en todos los sitios hay culpables y en todos enemigos. Contra esos nuevos profetas de la muerte, tanto más escurridizos cuanto más desorganizados, y tanto más peligrosos cuanto más desesperados, es contra los que tendremos que dar una batalla para la que, en verdad, no estamos especialmente preparados. Y ello pese a que en España llevamos más de un cuarto de siglo luchando contra ETA. Todo hace pensar, sin embargo, que esa lucha, en la que el pueblo español ha demostrado una firmeza moral impresionante para soportar la tentación del entreguismo, no nos va a servir ahora de mucho. Si hay, en todo caso, una lección, entre las aprendidas tras soportar tanto sufrimiento, que no hemos de olvidar: la de que para luchar contra el terrorismo es esencial la unidad de los demócratas. No sabemos muchas cosas sobre esta nueva batalla que ahora empieza, pero casi todos tenemos algo claro: que la peor manera de enfrentarla es practicando el juego bochornoso al que ayer se aplicaron, a cuenta de las últimas detenciones, Zaplana y Pérez Rubalcaba. Una vergüenza que este país no se merece.