ESTE PAÍS podría ser un paraíso si no fuera por las puñeterías. Pienso, por ejemplo, en el paro: a pesar de todos los problemas, dudas de futuro, petróleos y demás enemigos sobrevenidos, ayer ha proporcionado el mejor dato de los últimos tres años. Es para celebrarlo. Pero el país está inquieto por cuestiones políticas. Algunas, tan inverosímiles como la nueva tensión de las selecciones deportivas autonómicas. En concreto, por el desafío que plantea Cataluña con su excelente selección de hockey sobre patines. Zapatero puede pensar ante Maragall lo cierto que es el viejo refrán: quien bien te quiere te hará llorar. De la forma más tonta, pero perfectamente previsible y quizá planificada, esa selección se ha convertido en el referente del Gobierno autónomo. Para Maragall y la mayor parte de los nacionalistas, celebrar un partido Cataluña-España es como el mito del referéndum para Ibarretxe. Y ganarlo -nada difícil, porque tienen los mejores jugadores- sería la consolidación de la nación catalana. El presidente de la Generalitat hace más hincapié en esa meta que en las inversiones que prevén los presupuestos en su Comunidad. Tal empeño está provocando en muchas personas del resto de España la reacción contraria. Se habla de este asunto como si unos jugadores de hockey estuvieran socavando la unidad territorial. Y es que el deporte mueve pasiones, toca sensibilidades y la idea de España parece tan cogida con hilvanes que, en cuanto se suelta uno, se deshilacha toda la prenda. Y, encima, el PP aprovecha para tirar también a puerta y le pide a Zapatero que se pronuncie como si estuvieran en juego la Constitución y la Monarquía. Lo curioso es que los catalanes, incluso no nacionalistas, asisten a la ceremonia con normalidad absoluta. Disponer de selecciones propias les parece tan natural como hablar su idioma. ¿A quién perjudican?, preguntan. Y, efectivamente, si estuvieran bien encauzadas y con un campo de actuación marcado y pactado, no perjudicarían a nadie. Pero, desde el momento que se plantean como un pulso al Estado, tienen el morbo del desafío. Y, una vez desatado el morbo, pasa lo que pasa: aparece un dirigente político que propone que España cambie de nombre y los jugadores empiezan a pedir la independencia. Alguien tiene, por tanto, que encauzar este asunto, antes de que se convierta en el gran problema del Estado. Uno que yo conozco ya habría redactado una reforma del Código Penal para enchironar a los rebeldes. Supongo que sólo dos personas, Pasqual Maragall y Rodríguez Zapatero, si hablan, pueden llegar a soluciones de concordia. Y es que una selección autonómica de hockey es aceptable. Envuelta en la bandera independentista es otra cosa. Es una provocación.