DESDE MEDIADOS del siglo XIX, y más aun en el XX, las ciudades europeas desbordaron su crecimiento más allá de los límites administrativos iniciales, máxime en aquéllas donde la base municipal era más atomizada. En Inglaterra, la cuna del urbanismo europeo, a esas nuevas realidades supramunicipales las denominaron conurbaciones y diseñaron sugerentes modelos de planificación. En Francia hicieron lo mismo, pero con otras perspectivas, y con otro nombre: la aglomeración urbana , que fue el más utilizado en otros países del Occidente europeo. En España, los administrativistas de los años setenta importaron el término norteamericano de área metropolitana , para denominar una figura jurídica que pretendía crear un marco normativo y competencial nuevo. La fórmula entonces empleada, la que ahora contiene la legislación española y la propia de la ley gallega de régimen local siguen la misma filosofía. Una normativa que tras su aplicación en diferentes países ha demostrado no ser eficaz. En la práctica otros modelos se están ensayando, utilizando incluso otras fórmulas legales vigentes que por ser más flexibles y menos burocratizadas pueden resultar más eficientes y menos costosas. Es, por eso, doctrina común entre los expertos que la fórmula jurídica que conlleva la creación de una corporación metropolitana como un nuevo ente local es un modelo superado en la práctica, porque de una manera recurrente allí donde se implantó no funcionó, generando problemas nuevos sin dar una eficaz solución a los preexistentes. Pero fuera del debate nominalista y de la doctrina jurídico-administrativa, hay una ciudad real, distinta de la institucional, en la que todos los habitantes se sienten formando parte de la misma realidad urbana y quieren respuestas unificadas, en las que muchos problemas demandan soluciones conjuntas, ya que ni el presente lo puede gestionar convenientemente cada municipio por separado, ni así se puede planificar el futuro. Se requieren respuestas unificadas y proyectos urbanos unitarios. En Galicia, este fenómeno que inicialmente sólo afectaba a las dos ciudades mayores hoy está presente en nuestras ciudades principales, esas ciudades medias que aquí eufemísticamente llaman grandes ciudades. Naturalmente si las comparamos con las aldeas rurales sí que lo son, pero si miramos al mundo, la realidad aparece distinta. Galicia, lo diré una vez más, es un sistema policéntrico de ciudades medias, precisamente el modelo que hoy se propone como base para diseñar las regiones urbanas del futuro, o una posible ciudad regional de interesante factura. Un debate que hemos abierto hace tiempo y que ahora está adquiriendo mayor actualidad. Pero antes hemos de dar alguna respuesta a los problemas derivados de la existencia de extensas periferias urbanas alrededor de las ciudades centrales, aunque algunas de ellas no alcancen, ni vayan a alcanzar en el futuro, el umbral cuantitativo y funcional que está asociado al viejo concepto de área metropolitana. La primera ciudad que abordó el tema fue La Coruña, donde en los ochenta se creó la Mancomunidad del Área Metropolitana, pero pronto dejó de funcionar por mal entendimiento institucional, como casi siempre ocurre en estos entes de gestión. En los años noventa, se iniciaron en Vigo con gran decisión los pasos para crear la primera área metropolitana gallega desde el punto de vista jurídico-administrativo, siguiendo aquel modelo que en ninguna parte ha funcionado como se esperaba. La Coruña, sumamente necesitada de espacios de cooperación para su expansión futura, retomó el diálogo perdido. Santiago está estudiando una fórmula distinta y experimentada. Las otras aglomeraciones urbanas gallegas también quieren moverse en estas direcciones. Por eso es de sumo interés seguir estas experiencias iniciales, aun sabiendo que pueden ser fórmulas transitorias, porque en este como en otros campos la gestión de la ciudad del siglo XXI necesita encontrar fórmulas innovadoras para dar respuestas renovadas a los problemas de siempre.