Las nuevas familias

| MANUEL FERNÁNDEZ BLANCO |

OPINIÓN

12 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

ANTES EL NÚCLEO de convivencia familiar solía albergar, al menos, a tres generaciones. El modelo de familia nuclear ya supuso una ruptura con la tradición, al recoger exclusivamente en su seno a los padres y a los hijos. Pero este modelo de familia, casi recién estrenado desde el punto de vista histórico, ya está en vías de extinción. Dos son las posibles causas de esta extinción: las nuevas formas de organización parental y la ciencia. En cuanto a las nuevas formas de parentalidad, se ha pasado de la primacía de la familia biparental, al incremento del número de familias monoparentales o multiparentales. Esta mutación se produce como resultado de las rupturas matrimoniales, seguidas de nuevas uniones, así como de la opción de muchas mujeres por la maternidad sin pareja y el incremento de las adopciones monoparentales por parte de hombres y de mujeres sin pareja estable. Bajo esta última modalidad, hace tiempo que los homosexuales ya adoptan niños. En estos casos, suele tratarse de niños mayores, dadas las restricciones para la adopción monoparental de niños recién nacidos o de corta edad. Es decir, se trata de niños con su identidad sexual definida. Habrá que estar atentos a los efectos del encuentro con unos padres o madres cuyo modo de goce aparece, en muchos de estos casos, como radicalmente ajeno. En cuanto al factor ciencia, destacaremos que las nuevas técnicas de reproducción hacen posibles modelos de familia antes inconcebibles. Sabemos que una mujer ya no necesita de un hombre para formar una familia, basta su esperma. La reproducción asistida, con donante anónimo o no, vuelve innecesario el encuentro de los cuerpos -¿se han planteado los legisladores el efecto que tendrá, sobre la subjetividad de un niño concreto, la revelación de que es hijo de un padre muerto hace años? Por otra parte, técnicas como la clonación se realizarán con los seres humanos. La lógica de la ciencia conduce a que, lo que se puede hacer, se acaba haciendo. El recurso a la ciencia para construir una familia, hoy minoritario, dejará de serlo en las próximas generaciones. La ciencia y el derecho han terminado con la historia de la familia tradicional. Las relaciones clásicas de parentesco están desapareciendo y esto conlleva el declive de la función misma de la filiación, por eso no es infrecuente que sea un juez quien tiene que decidir quién es un padre. Lo que se comprueba es que lo que antes era excepción ahora se vuelve regla. Lo que antes era un modelo, con excepciones, ahora es una serie de excepciones. La familia ya no se puede nombrar en singular. Todo esto viene a confirmar que la biología no explica la estructura familiar, sólo explica la procreación. Pero la procreación no instituye a la familia humana. Llevar la misma sangre no hace familia más que en el reino animal. Lo humano no es la familia, es la familiarización . La familia no es un fenómeno instintivo ni natural, es una creación cultural, como tan bien ha analizado el antropólogo Levy-Strauss. Si la familia depende de la cultura, y no del instinto, la consecuencia es que no hay un saber innato sobre cómo hacer una familia. Nada en la naturaleza -en lo que al ser humano se refiere- dice cómo ser un padre, cómo ser una madre, o cómo ser un hijo. Porque nada, en la naturaleza, dice cómo ser un hombre, una mujer o un niño. Es un hecho, ya no hay familias como las de antes. Y, aquí, todo planteamiento nostálgico es estéril. Recordemos las palabras de Jacques Lacan cuando decía: «Mejor que renuncie quien no puede unir a su horizonte la subjetividad de su época». Pero, si la nostalgia es estéril, la simpleza de juicio es muy peligrosa. Los efectos de este tipo de familias están por venir. En cualquier caso, no será igual. No será igual ser el hijo de una pareja homosexual que el de una pareja heterosexual. Realidades diferentes producen síntomas diferentes. Si la defensa de un orden natural de la familia es inoperante -porque esa familia no es que nadie la combata, es que ha caído en el olvido-, el apuntarse sin criterio a la bondad de cualquier fórmula, por pretendido progresismo, puede tener como consecuencia el efecto de retorno de lo no limitado en forma de fenómenos de segregación.