CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
16 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.EL AMANECER en otoño te hacer llorar de alegría. Un amanecer puede llegar a ser mejor que un partido del Barça. Como periodista deportivo, sueño con retransmitir un amanecer. Desde la trampa de espuma de las cataratas de Iguazú, desde el balcón del faro de finisterre, desde una cama, por la ventana, metido hasta las cejas en el calor de las sábanas o en el vapor de una gripe. Hay amaneceres rojos, violetas, por los que se debería cobrar entrada. Delibes madruga porque le encanta asistir al estreno del mundo cada mañana. Hay amaneceres que, cuando terminan, te dan ganas de aplaudir por el trabajo bien hecho. Una vez vi uno malva. El cielo se convirtió de pronto en una herida. La noche sangraba color para dar a luz al día. Sólo Velázquez podría haber pintado ese cielo líquido. Tras amanecer, te das cuenta de que el dinosaurio que te asustó por la noche era una montaña. Los contornos se definen y los pájaros barren el cielo de aquí para allá, con sus flautas. Hoy se ven unas nubes, que en la penumbra parecían de humo. Al fin sale el sol por la tribuna del cielo y espanta todo el miedo. Los poetas son pitufos mudos ante esta gloria. Si existen milagros en otoño suceden muy pronto por las mañanas. cesar.casal@lavoz.es