Democracia integradora

OPINIÓN

20 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EL DECISIVO día después de las elecciones americanas, el candidato demócrata J. Kerry se dirigió a sus seguidores. Abatido y emocionado hasta quebrársele la voz les dijo que no habían podido ganar, pero que todos hemos despertado americanos. De acuerdo con el uso que podría inscribirse en los lances caballerescos, concedía formalmente la victoria a su contrincante, al tiempo que le urgía a la unidad del país, superando la confrontación. Todo esto ocurrió después de una campaña electoral que podría calificarse de feroz, al menos desde el punto de vista dialéctico. Al cabo de ocho meses del vuelco electoral en nuestro país, ese comportamiento encuentra un singular eco. La urgencia de desmontar la era Aznar ha llevado a un revisionismo de cuestiones que la trascienden. Se han abierto demasiados frentes, que tienden a dividir más que a integrar. Unas veces son anuncios de proyectos que rompen una tradición cultural multisecular. Otras, se introduce inquietud sobre el delicado equilibrio, fruto de un laborioso consenso, acerca de los términos Nación, nacionalidades, patria común en que se concretó el fundamental artículo segundo de la Constitución. Por esa vía se propicia una bipolarización, cuyo final no se garantiza. En la etapa anterior se acuñó la dualidad de constitucionalistas y nacionalistas, con el resultado que conocemos. Ahora se corre el riesgo de dividir entre aquellos a «españolistas» y «plurinacionales». La deriva resulta un tanto sorprendente desde posiciones socialistas que se han distinguido por defender prioritariamente la igualdad y, todo lo más, el federalismo. Los escritos y la propia actitud de Prieto constituyen un referente. Y uno de los mejores discursos pronunciados por Felipe González en el Congreso de los Diputados consistió en una brillante defensa de España. El fermento de la división puede, incluso, afectar a las propias filas. Con excesiva generalidad se han producido ceses y nombramientos que no responden necesariamente a los legítimos requerimientos de la alternancia en el gobierno. Estoy convencido de que muchos funcionarios a los que se ha relevado habrían desarrollado su trabajo con la eficacia y lealtad que reclama la Constitución. No es sana la impresión de dividir entre afectos y desafectos, de negativas reminiscencias. La práctica endogámica de los partidos políticos no propicia tampoco la incorporación de personas que podrían servir el interés general. En el clima de «o conmigo o contra mí» no florecen las virtudes democráticas, que necesitan el humus de la libertad. Se desaprovechan capitales humanos adquiridos en aquel servicio y que, por ello, en alguna medida forman parte del patrimonio público. Y se improvisa. Asistimos a episodios que revelan hasta qué punto las incompatibilidades personales, que tienen explicación en el paso inmediato, perjudican los intereses del país en sus relaciones internacionales. Queda mucho trecho por andar hasta que se entienda natural que un presidente americano demócrata desarrolle misiones bajo una Presidencia republicana o que un ex-secretario de Estado republicano las desempeñe durante una Presidencia demócrata. Dentro de nada los americanos celebran el día de Acción de Gracias, símbolo de los orígenes de un Estado poderoso. Su fortaleza, como la grandeza histórica de Roma, tiene que ver con una vasta empresa de integración.