Política en Liliput

OPINIÓN

21 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

MANOLITO, el amigo de Mafalda, tenía muy claro que hay verdades que no sirven para nada, y cuya virtualidad se agota en el mismo momento de alcanzarlas: «¿Qué gano yo -se preguntaba- sabiendo que el Everest es navegable?». Pues lo mismo que vamos a ganar nosotros el día que sepamos que el catalán y el valenciano son una misma lengua. Carod-Rovira cambió toda la política presupuestaria de un año -¡la de España entera!- por una frase de Zapatero que, sin autoridad científica alguna, resolvió el peliagudo problema que había creado otra frase del propio Zapatero. Y todos estamos boquiabiertos con este juego de magia que es la política, que saca los conejos de la chistera al gusto del respetable. La mayor parte de la política española se está moviendo en el terreno de lo banal. Unas veces, como es el caso del idioma catalán o de las disquisiciones metafísicas de Rodríguez Ibarra, porque no existe materia de qua . Y otras veces porque, como sucede con la comisión del 11-M, la reforma de la Constitución, la confrontación entre el PSOE y la Iglesia Católica, el Plan Galicia o la ridícula relación de amor-odio entre Bush y Zapatero, porque soslayamos todas las cuestiones sustantivas, para perder el tiempo en solemnes tiquismiquis. Lo malo es que, mientras tal cosa sucede, la política que viene de fuera se está metiendo en nuestras vidas. Bush prepara su guerra contra Irán. La Constitución para Europa presagia una revolución política que va a dejar en ridículo todas las pajas mentales que nos hacemos a costa de la nación y la nacionalidad. La crisis moral de la sociedad se impone como una evidencia que, a falta de una propuesta ética globalizada, amenaza con resolverse en puras reacciones pendulares. La imprescindible política exterior europea está esperando a que creamos de una vez en lo que somos y podemos hacer. La comunidad hispánica, llamada a limitar el monopolio anglosajón, sigue totalmente dividida, carente de las ideas y liderazgos que puedan despertarla. El problema de la inmigración sigue evolucionando y modificando nuestras sociedades al margen de toda legalidad y proyecto. La ONU, como quería Bush, parece haberse disuelto en su propia ineficiencia. Y todas las conferencias internacionales sobre el hambre, el sida, la democracia, los derechos humanos, la contaminación y el clima quedaron resumidas en el común denominador de una lucha antiterrorista hecha y teorizada al servicio de las potencias occidentales. Mientras el mundo acelera a velocidades de vértigo, se impone entre nosotros el reino de Liliput. Felices, como niños, en el tiempo presente. Pero muy irresponsables a la hora de preparar el mundo de nuestros hijos.