EL CONFLICTO se complica y agranda por minutos, y todo hace prever que no llegará a tiempo la comparecencia de Moratinos en el Congreso para aplacarlo. El órdago del PP puede ser explicable si al final se demuestra que nada tuvo que ver con el golpe de 2002 en Venezuela. El caso es que el titular de Exteriores nos ha dado la gran sorpresa. Una vez más los hechos han vencido a las percepciones. Podíamos temer que el Jesús Caldera de antes de la victoria de Zapatero se convertiría en un ministro bronco y populista. Y Miguel Ángel Moratinos, con la aureola de su trabajo en Oriente Próximo, se presentaba como un ministrable pleno de eficacia, de habilidades diplomáticas. Al final, a Moratinos le llaman Desatinos y Caldera es uno de los ministros más discretos. Más allá de si Moratinos ha sido oportuno o no en su acusación a Aznar, si ha elegido el lugar idóneo y si cuenta o no con documentos que den valor a su denuncia, veo en el hecho la confirmación de una doctrina que podría llevar su propio nombre, ya que por ahora es el que ha ido más lejos por ese camino. La doctrina Moratinos tendría el fácil enunciado de que todo vale contra el PP, porque cualquiera que sea la respuesta de los populares, sus antecedentes de mentirosos les condenan antes de que se constituya el tribunal para el juicio. Irak, el accidente aéreo de Turquía, el 11-M y antes aquí, entre nosotros, el episodio del Prestige, hacen que el pueblo tenga la percepción de que mienten continuamente y sin sonrojo. Con lo cual, el torniquete del PSOE puede seguir funcionando, con razón o sin ella, porque siempre hará daño. La eficacia de esa doctrina es una incógnita en el caso del golpismo venezolano. Si Moratinos aporta pruebas, se trataría de otro palo muy fuerte al PP. Se olvidarían sus indiscreciones y la inoportunidad de su denuncia en aras de la eficacia y la transparencia, y sería un rotundo ganador. Lo contrario quizá solamente resultaría parcialmente positivo para el Partido Popular.