Los derechos del niño

| MANUEL FERNÁNDEZ BLANCO |

OPINIÓN

01 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

FRENTE a la omnipresencia del mundo infantil y juvenil, los adultos en general, y los padres en particular, están cada vez menos presentes. Se puede decir que, cuanto más se intenta saber lo que es un niño, menos se sabe lo que es un padre. Esto supone que el reverso del interés creciente por el niño y sus derechos es una verdadera «desprotección» de la infancia y de la juventud. En el momento en el que eclosionan los derechos del niño, éste queda desdibujado como tal. Como ha desarrollado el psicoanalista francés Éric Laurent, el niño, actualmente, se presenta como caído de la institución familiar y se le da un nuevo lugar a partir del planteamiento universal de los derechos del niño. En la Convención Internacional de los Derechos del Niño, reconocida en 1989 por los países miembros de la Organización de las Naciones Unidas, se intenta defender al niño sosteniendo su individualidad, afirmando el derecho a una personalidad diferente a la de sus padres, no siendo su doble, no debiendo cargar con sus mismos fantasmas, ni con sus proyectos no realizados, ni con sus ambiciones personales. Definir las cosas en estos términos ideales es ignorar lo real, e ignorar lo real produce desastres. Somos responsables de las consecuencias de nuestros actos, más allá de las intenciones pretendidamente ideales. Esto es algo a pensar cuando hablamos de la Reforma Educativa, o de otras reformas referidas al campo del menor. Pero, volviendo al tema de los derechos universales del niño, vemos que definir las cosas en esos términos supone la idea de un niño universal, libre de influencia. Pero, por el contrario, los que trabajamos con niños, especialmente los psicoanalistas de niños, vemos que los niños cargan con los fantasmas de los padres, con sus proyectos no realizados, con sus ambiciones personales. No existe un solo niño normal que no pase por esto. De este modo, podríamos decir que el único niño conforme a los derechos universales del niño sería el niño autista. El único que, por desgracia, está solo, cortado de todo discurso, no determinado por nada. El único que es, auténticamente, él mismo. Los padres que, por miedo a condicionar a sus hijos, dimiten de su deber de autoridad e influencia, aquéllos que no desean algo para cada uno de sus hijos, algo particular, los dejan sin la posibilidad de una orientación clara en la vida.