¡Pobre Galicia!

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

PILAR CANICOBA

01 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

GALICIA pasa por un momento difícil, pero sobre todo su futuro no parece fácil. Hace tiempo que los temas claves para nuestro progreso han pasado a convertirse en el alimento de una controversia política que en nada favorece la estabilidad social ni la implicación de los ciudadanos en los problemas de todos. Muy lejos quedan aquellos momentos en que la mayoría de los gallegos nos ilusionábamos con proyectos o ideas innovadoras, cuando el horizonte nuboso y plañidero del pasado empezaba a abrirse a un Camino de Santiago que por ser europeo importaba luces de modernidad y exportaba una incipiente imagen de calidad. Hoy los nubarrones vuelven a asomar entre nosotros; la borrasca política regional se estanca, pero tampoco el anticiclón acaba de asentarse. Por eso los gallegos hacemos tristes vaticinios cuando miramos al cielo. Hace poco escribía que Galicia estaba descolocada de los centros españoles de poder, pero ahora añado: Galicia está indefensa. Los que antes la defendieron hoy carecen de cohesión interna y de fuerza externa, y los que podían ser los nuevos defensores no son capaces ni de defenderse a sí mismos de la tropelía que se hace con nosotros. Galicia está descolocada, está indefensa, pero también está muda, aunque bien es verdad que los interlocutores de fuera están sordos, porque sólo escuchan conversaciones banales y debates tan inútiles como arriesgados, confrontaciones que en medio de la borrasca pueden desencadenar tormentas. Los rayos nos hacen llegar sus deslumbrantes destellos con frecuencia, pero los truenos están aún por venir. Y de seguir así vendrán. Puestas así las cosas, tendremos que ir pensando en una nueva estrategia, en un nuevo modo de construir nuestro país, en una nueva mentalidad. Y mirando a ese cielo arrebolado, con esta perspectiva es entonces cuando empiezo a ver horizontes nuevos. Nuestras empresas, nuestros empresarios, nuestros grupos empresariales, nuestros creativos y artesanos, nuestros científicos y profesionales, nuestros artistas, nuestros jóvenes emprendedores, empiezan a dibujar una nueva constelación, una moderna Vía Láctea que nos conduce hacia el futuro, un futuro de cuyos vaticinios a veces no nos damos cuenta, tan imbuidos como estamos por una actividad política desalentadora. Es la otra Galicia, la real, la emergente, la que compite en ingenio, imaginación, creatividad, innovación. Atrás quedan los discursos contradictorios de las infraestructuras, de la moderación salarial para competir, de la subvención y del amiguismo conseguidor. Ese es el modelo que no sirve, aunque nos cueste mucho dinero, que podríamos dirigir en otras direcciones, en conocimiento, en ideas, en crear oportunidades para los mejores jóvenes que por su preparación hemos tenido. La fuerza de Galicia está por eso en su sociedad civil, en sus gentes, en sus organizaciones sociales. Y esa sociedad civil será la que tenga que dar la respuesta, una respuesta que implica compromiso, que supone romper el círculo de los intereses personales que conducen siempre a una bien sopesada ambigüedad, y que todavía demasiados mantienen. La Galicia civil es la que tiene que dar el cambio, esa sociedad que piensa, trabaja, crea, negocia... Esa sociedad que mantiene valores de siempre, como la lealtad, la solidaridad, la honestidad, la generosidad, el altruismo, el amor por el país. Esos valores que en la reciente historia política se han ido dilapidando o han quedado fuera de las estrategias al uso. Hay que volver al Nunca Máis, pero sin que termine manipulada con fines políticos, porque sólo la sociedad civil independiente, autónoma, libre, responsable e ilusionada podrá marcar ese nuevo camino. Y de caminos y descaminos sabemos demasiado los gallegos. Ayer Galicia era pobre, hoy es menos pobre pero de no cambiar las cosas tendremos que seguir llorando, repitiendo entre sollozos: ¡pobre Galicia! En nosotros está la solución.