HAY CRISPACIÓN política. El asunto Moratinos ha llevado al Partido Popular a reducir la colaboración institucional a lo imprescindible del Pacto de la lucha antiterrorista. La peripecia del proyecto de reforma del nombramiento de jueces añade leña al fuego. La larga comparecencia del ex-presidente Aznar en la Comisión del 11-M ha puesto en evidencia la profunda incompatibilidad entre unos y otros. Los actores transmiten algo más que legítimas discrepancias. Se atisba lo visceral, en diferentes versiones. Parecería sensato que se rebajase la tensión en beneficio del interés general del país. Desterrar la revancha. Dejar de hurgar en el pasado como si se tratara de un basurero. Y, por supuesto, no utilizar públicamente documentos que comprometan la imagen exterior de España. Lo normal sería que el gobierno no actúe como oposición al período anterior y que la oposición aparezca más como alternativa de gobierno. Hay cuestiones importantes que requieren una cierta concertación, porque las alianzas que pueden valer para aprobar los presupuestos no funcionan en cuanto a la reforma constitucional o el respaldo a la Constitución europea. Se hace necesario en situaciones de esta naturaleza contar con puentes que hagan posible el entendimiento, sin que se perciba como claudicación. En nuestra Constitución, que festejamos mañana, el Rey «modera el funcionamiento regular de las instituciones». Es un poder moderador, de naturaleza diferente a como se entendió en otros momentos de nuestra historia. Deriva de su no implicación en ninguno de los poderes -legislativo, ejecutivo y judicial- que caracterizan a los Estados democráticos. Se trata de una función más sutil, pero no menos real que una competencia jurídico formal. Para cerciorarse, basta con recordar un vergonzante 23-F. No es preciso vogar mucho atrás en la memoria. Hace muy pocos días, la visita de los Reyes a la casa de los Bush, con carácter privado, ha sido generalmente entendida como una manera eficaz de ayudar a recomponer nuestras relaciones con los EE. UU. A nadie se le oculta el simbolismo y el mensaje del encuentro. El Rey, que asume la más alta representación del Estado en el exterior, quizá pudiera tener algo que aportar para mejorar el encrespado escenario interior. Ejercer su auctoritas moderadora. Se precisa un puente para que, desde orillas opuestas, se trabaje razonablemente por el interés general, dentro y fuera del país. En otros niveles se requieren también personas que realicen una misión análoga. Es el caso de los presidentes del Congreso y del Senado, de los Parlamentos autonómicos. Y de personas y órganos independientes. Desconcierto produce un Consejo General del Poder Judicial conformado en dos bloques de jueces conservadores y progresistas. Habría que rectificar el actual rumbo. Existe un radicalismo rampante. Se echa en falta automoderación y moderadores.