¿Por qué aprender?

OPINIÓN

11 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

NUESTRO llamado Occidente cultural está debilitado de referentes. Desde la afirmación en el goce, caídos los ideales, ya no hay respuesta a la pregunta de ¿por qué aprender? Y, si no se puede aprender, ¿qué otra cosa se puede hacer en la vida? Aprender, para integrarse en la sociedad y ser un hombre de provecho, ya no sirve cuando la comunidad está fragmentada. Esta fragmentación alcanza a la comunidad escolar. Si en la primaria la comunidad de niños es más o menos respetada, la diferenciación es menos visible y la violencia, mínima, a partir del pasaje a secundaria la caída de la autoridad de los profesores es mayor. Es el momento en que aparecen de forma visible la diferenciación y el fracaso escolar. La enseñanza se encuentra con un número creciente de objetores del saber, en un ambiente de casi conflicto permanente, con episodios de violencia. Los psicoanalistas estamos advertidos de que a la oferta del bien se puede responder con el mayor de los rechazos, rechazo que paga el profesorado entre otros. No todos los sujetos quieren estudiar y, si el derecho a la educación es un bien, el adolescente occidental lo ha tomado como un trágala a las autoridades. Autoridades que, además, no han tenido en cuenta que los dos años añadidos por arriba a la enseñanza obligatoria son, precisamente, los de la emergencia del goce pulsional. Frente a este panorama real, no previsto por el ideal de la reforma educativa, se aplica una política de clases de nivel, cuando no el colegio en su conjunto se intenta constituir en una clase de nivel. El efecto de segregación es inevitable: los que dan el nivel y los que no. Efecto de segregación favorecido, como acabamos de comentar, por el aumento de los niveles de enseñanza obligatoria. El legislador debería tomar en cuenta que la educación es una oferta que requiere del consentimiento del sujeto. La segregación es el gran problema actual, producto de la homogeneización de la demanda y de la oferta educativa. Esto confronta al docente a los efectos de retorno de ese lo mismo para todos , en forma de síntomas individuales, segregación y violencia. Pero ahora ya no funciona un discurso del que pueda echar mano y que toque algo en el joven aunque, formalmente, lo rechace. Nuestra época está caracterizada por un momento agudo de incertidumbre. En esos momentos, la interrogación se convierte en el método esencial. No obstante, la disposición para asumir la ausencia de certezas tiene un límite. Más allá de cierto punto, el desencanto deja de ser una benéfica pérdida de ilusiones irrealizables que conducen sólo a la frustración, y se transforma en una peligrosa pérdida de sentido. Esto lleva al desánimo. En definitiva, que hacerse preguntas está muy bien y responderlas todavía está mejor. De lo contrario, se instala la desmotivación o el deseo de jubilarse. Se trata de reinventar el vínculo educativo, en la época donde los cimientos clásicos de la práctica educativa han sido tocados. Si los criterios universales ya no son totalmente absolutos y operativos y, sobre todo, son cambiantes, ¿qué es lo constante? Lo constante es el deseo particular de cada niño. En la época de crisis del Ideal, sólo queda como referencia, para orientarse, lo más particular de cada uno. Lo que insiste en cada uno y lo hace único.