La democracia del cava

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

17 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

NI DISCURSOS, ni alocuciones, ni condenas fulminantes: economía. Ni partidos, ni ideología, ni parlamentos: sociedad civil. Esos son los mejores blindajes cuando se disparan las tentaciones secesionistas. Tal es la lección que se desprende del último episodio de Carod-Rovira, el Madrid 2012 y el cava del Penedés. Recordad brevemente lo ocurrido. Un día, el líder de ERC se calentó, según confesión propia, y negó el apoyo catalán a las aspiraciones olímpicas de la capital. La reacción, como siempre que se toca una fibra, resultó épica: condenas, insultos e improperios. ¿Y qué pasó? Nada. Al revés: cuando más se bronquea a un independentista desde Madrid, más consolida sus posiciones. Pero, en pleno calentón, un autor anónimo dejó un «pásalo» en los teléfonos móviles: si Carod quiere boicot, se le toma la palabra y se boicotea el cava. ¡Ah, coña! Esas ya son palabras mayores. Eso ya es entrar en la cartera. Al final, no parece que se haya boicoteado nada. Nadie ha anulado ningún pedido, contra lo dicho por bastantes medios. Pero el miedo es libre: cundió la alarma entre productores. Maragall tuvo que coger la manguera de bombero y reunirse con Gallardón para entonar cánticos de apoyo, solidaridad y amistad. Los madrileños, incluso los abstemios, alabaron el cava con entusiasmo de conversos. Y a los catalanes del seny sólo les faltó dar vivas al Real Madrid. De forma paralela, Carod fue llamado al orden, supongo que con frase parecida a ésta: «Nacionalistas, muy nacionalistas, pero el cava por lo que vale», y no le quedó más remedio que desdecirse y, de paso, dejar claros tres principios. Primero, que la política consiste en no hacer daño a nadie, y menos al creador de riqueza. Segundo, que se puede jugar con todo, menos con las cosas de comer. Y tercero, que hasta el más carismático dirigente puede ser reprendido por quien más poder tiene, que a veces coincide con el poder del dinero. ¡Qué lección más ilustrativa! Podrá haber «comunidades nacionales» o como quieran llamar a las autonomías, pero la auténtica comunidad nacional de estos tiempos es el mercado. Si hay unidad de mercado, hay nación. Lo demás es literatura. Lo digo diez días después de que José Bono haya recordado en su último discurso castrense que las Fuerzas Armadas tienen la misión constitucional de garantizar la integridad territorial. No se esfuerce, ministro: no habrá que llegar a tan traumáticos recursos. La cartera, que no gasta munición, ni usa tanques, ni paga salarios a soldados, es el mejor guardián de la unidad. Y, en cuanto a las concesiones y amenazas, será la sociedad civil la que diga hasta dónde se puede llegar. Que, por cierto, suele coincidir con el sentido común.