APRETÉ el móvil con fuerza cuando recibí la llamada avisándome de la muerte de Rafael Baltar. Quizá no era coincidencia que aquella noche evocáramos su nombre al cruzar Les Halles, incidiendo en la confusión con Baltard, arquitecto del desaparecido mercado central, el llamado vientre de París, homonimia que tanto le divertía. París era nuestra cita preferida. En la sede de la UNESCO defendimos la candidatura de Compostela a la declaración de patrimonio de la humanidad, título de por sí excelente y que, en este caso, valió para impulsar el Real Patronato y el Consorcio de Santiago. Al regresar, entre el dolor, siento la necesidad de interponerme en el lugar del ser, de querer seguir contando con él como si estuviera aún entre sus obras, monumentos y amigos, a los que tanto tiempo y afecto les dedicó. Tiene, o tenía -aún no sé a qué atenerme-, la facultad de llenar el espacio, de introducir entre las personas y sus diferentes criterios un hilo conductor inteligente, relajado y que, en un mecanismo casi compensatorio, llevaba a su vez a sus amigos a traer a colación sus opiniones y anécdotas en cualquier conversación. Una presencia permanente de la que él no era conocedor, como tampoco nosotros sabemos bien por qué lo hacíamos, quizá porque la expresión de su libertad y su afable tolerancia no eran sólo un soplo, sino un flujo continuado que producía bienestar. Era el amigo común. Era y es el arquitecto de la ciudad, un reconocimiento sin título oficial a quien, por su condición ejerciente, se lo otorga espontáneamente la ciudadanía. Años de profesión, desde siempre con José Antonio Bartolomé y, algún tiempo más tarde, con Carlos Almuíña. Entre un reducido grupo de colegas, les tocó introducir en Galicia la segunda modernidad en los años difíciles del franquismo, con obras tan notables como la cooperativa de viviendas de aviación civil en Santiago. Era el responsable del plan director de la catedral compostelana, el cuidador de la casa del Apóstol, en la que se sentía a gusto respirando el aliento de Europa por sus rincones, y arquitecto también de lo mundano, de edificios institucionales y escenarios de la vida cultural y del ocio, esparcidos por toda la comunidad. En el Teatro Principal y el Jofre, al que dedicó sus últimas horas, supo actualizar la memoria en un ejercicio de sensibilidad y buena construcción. Estos días culminaba, tras más de veinticinco años de trabajo, la rehabilitación de San Domingos de Bonaval con la instalación de un ascensor que aliviará la fatigosa subida por la escenográfica escalera triple de Domingo de Andrade. En su ascenso, seguramente se encontrará a Antonio Fraguas y Xaquín Lorenzo, fundadores como él del Museo do Pobo Galego. La escena monumental, el falansterio fantástico, el callejero de sombras y agua, los grandes paquebotes de granito, los rituales y símbolos inmutables de su amada Compostela, sin la humanidad de las personas que, como él, infunden sentimiento y actualidad a la vetusta urbe, para mí no son ya los mismos. Se asemejan a cajas bellísimas con huecos que suenan ajeno, sin ecos, como si la ciudad empezara a ser de otros. Concuerdo con un amigo común en la idea de que Rafael Baltar daba calor, a las personas y a las piedras.